Carros de Foc: ensayo de cuando la montaña se convierte en una catedral


Arte, paisaje y memoria en el corazón de Aigüestortes 

 

«Orientarse en un paisaje no significa mucho. Perderse en él como quien se pierde en un bosque requiere aprendizaje.»Walter Benjamin.

 

Hay paisajes que son para contemplar y otros que, de alguna manera, se dejan atravesar lentamente hasta que terminan formando parte de ti. El Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici pertenece a estos últimos, porque caminar entre sus montañas no consiste únicamente en avanzar por un sendero que asciende hacia un collado o desciende hacia un refugio, sino en entrar poco a poco en un territorio donde la piedra, el agua, la luz y el silencio parecen haber establecido un lenguaje propio que solo empezamos a comprender cuando dejamos de mirar el reloj y permitimos que sea la montaña quien marque nuestro ritmo. Hay algo profundamente físico en esa experiencia, una intimidad que comienza en la piel: la humedad de la hierba rozando las piernas al amanecer, el frío que despierta el cuerpo, el olor de la tierra mojada, la aspereza de la roca bajo las manos y el aire entrando cada vez más hondo en los pulmones mientras la pendiente obliga a escuchar el propio corazón. 

 

 

 

Carros de Foc es, en apariencia, una travesía de alta montaña que enlaza los refugios del Parque Nacional a través de valles, collados y antiguos caminos, pero bajo esa descripción existe otra realidad, más difícil de cartografiar: la de un paisaje modelado por el hielo y el agua durante miles de años y transformado, en algunos de sus rincones, por la intervención humana. Los grandes estanys que acompañan el recorrido son de origen glaciar, nacidos al retirarse los hielos del Cuaternario, mientras que varias de las presas que hoy contienen o regulan sus aguas fueron construidas durante el siglo XX para el aprovechamiento hidroeléctrico. Naturaleza e ingeniería conviven así en un mismo escenario sin borrar el carácter antiguo de la montaña. Mucho antes de que nosotros levantáramos iglesias, monasterios o catedrales, este paisaje ya había construido sus propias naves, sus torres y sus bóvedas bajo un cielo que cambia constantemente.

 

 

Agulles d'amitges

 

 

Porque hay momentos en los que la montaña parece arder sin fuego. Al amanecer, cuando la noche todavía permanece escondida en las hondonadas y una luz tenue comienza a deslizarse por las paredes de granito, las cumbres adquieren lentamente tonos rosados y dorados, mientras el cuerpo se despierta bajo el frío, todavía húmedo de rocío. La hierba roza la piel, el sudor aparece bajo la ropa con el esfuerzo y una ráfaga de aire vuelve a enfriarla, produciendo esa mezcla extraña de placer y vulnerabilidad que solo se percibe cuando estamos completamente expuestos a un paisaje. Quizá caminar por la alta montaña tenga algo de sensual precisamente por eso: porque nos devuelve al cuerpo, a sus límites y a sus necesidades más sencillas, y nos recuerda que antes de mirar un paisaje ya lo estamos sintiendo.


 

Una catedral levantada por el tiempo

Las catedrales góticas buscaron elevar la mirada mediante columnas, arcos y pináculos, utilizando la luz para convertir la piedra en una materia casi espiritual. Aquí no hubo arquitecto ni proyecto, pero el resultado puede producir una emoción semejante. Los Encantats se levantan como grandes torres naturales, las agujas de Amitges recuerdan a pináculos imposibles y los estanys, cuando el viento permanece quieto, se convierten en enormes superficies de agua donde el cielo parece haber encontrado un lugar para descansar. La luz no se limita a iluminar estas formas: las modifica, las acaricia, las endurece o las vuelve delicadas, y hace que la misma montaña parezca otra cada pocas horas.

 

 

Els Encantats

 

  

No es difícil comprender entonces aquello que los artistas románticos llamaron lo sublime: esa emoción en la que la belleza y la pequeñez humana se encuentran frente a una naturaleza que nos supera. Caspar David Friedrich colocó al individuo ante montañas y nieblas inmensas; Turner convirtió el agua, la tormenta y la luz en una materia casi líquida. Pero aquí no necesitamos contemplar un cuadro para experimentar aquello que intentaban expresar. Basta con permanecer unos minutos junto a un lago cuando la niebla comienza a bajar por las laderas, observar cómo desaparecen poco a poco los contornos y sentir que la mirada deja de dominar el paisaje. Durante un instante, somos nosotros quienes pertenecemos a él.

 

 

 

 

Y quizá sea esa la diferencia entre mirar una montaña y entrar en ella. Desde lejos podemos admirar su forma; caminando, en cambio, conocemos su temperatura, su humedad, su dureza y hasta su olor. La piedra deja de ser una superficie lejana y se convierte en algo que tocamos; el agua deja de ser un elemento del paisaje y pasa a refrescarnos las manos; el viento deja de ser visible y empieza a recorrer nuestra piel. El paisaje adquiere así una dimensión casi corporal, como si para conocerlo realmente fuera necesario permitir que también él nos tocara.

 


Caspar David Friedrich

 

 

Las montañas que necesitan una historia

Entre todas las formas de Aigüestortes, Els Encantats poseen una presencia particular, quizá porque su silueta parece reclamar una historia. La tradición cuenta que dos cazadores fueron convertidos en piedra después de no respetar una celebración religiosa, y aunque estamos ante una leyenda, no deja de revelar algo esencial sobre nuestra relación con el territorio. Durante siglos, cuando las montañas todavía eran lugares mucho más desconocidos y las tormentas, la nieve o la niebla podían convertir un camino en una amenaza, el ser humano necesitó explicar aquello que no podía controlar. Poner nombre a una montaña, imaginar su origen, convertir una roca en un personaje era también una manera de acercarse a ella. 

 

 




Las leyendas son, en ese sentido, otra forma de memoria. Permanecen adheridas al paisaje y se transforman con quienes las cuentan, igual que la luz cambia sobre una pared de granito. Y cuando los Encantats se reflejan en el Estany de Sant Maurici, especialmente en esas primeras horas en que el agua todavía parece contener la noche, resulta fácil comprender por qué una forma natural puede terminar convirtiéndose en símbolo. La montaña se duplica sobre el agua, arriba y abajo parecen confundirse y, durante unos segundos, la imagen reflejada adquiere una perfección casi irreal. Hay algo íntimo en contemplarla así, como si el paisaje estuviera frente a su propio espejo.

 

 

El hielo, la piedra y el cuerpo

Debajo de las leyendas existe otra memoria, mucho más antigua y silenciosa: la del hielo. Las glaciaciones transformaron profundamente estos valles, erosionando las montañas y dejando las formas que hoy reconocemos en sus circos, valles, morrenas y numerosos lagos de origen glaciar. La naturaleza fue escultora mucho antes de que nosotros inventáramos la escultura, y todavía podemos leer su trabajo en las superficies pulidas, en las rocas redondeadas y en las grandes paredes que parecen haber sido trabajadas lentamente durante un tiempo que nuestra imaginación apenas puede abarcar.

 

 


 

 

Caminar por Carros de Foc es recorrer ese gigantesco archivo de piedra mientras el propio cuerpo nos recuerda nuestra escala. Nosotros sentimos cada desnivel, cada cambio de temperatura, cada gota de sudor que se desliza por la ropa y cada músculo que empieza a protestar después de horas de camino; la montaña, en cambio, permanece. Quizá ahí reside una parte de su poder de seducción: en que nos enfrenta a algo que no podemos poseer ni apresurar. Solo podemos acercarnos, tocar una roca, sentarnos junto a un estany, beber agua, recuperar el aliento y continuar.

 

 

  

 

En el Coll de Contraix esa sensación se hace especialmente intensa. El paisaje se vuelve desnudo, áspero, casi elemental, y el granito inicial ocupa el espacio mientras el viento pasa entre las piedras. Después de varias horas, el cuerpo ya no puede fingir que es independiente del camino: las piernas pesan, la respiración cambia, la piel siente cada ráfaga y el cansancio obliga a caminar más despacio. Pero también aparece entonces una forma extraña de placer, la de sentirnos completamente presentes, sin apenas espacio mental para nada que no sea el siguiente paso. Durante unas horas la vida se reduce a lo esencial y quizá por eso la montaña resulta tan difícil de olvidar.

 

 

Refugios y memoria humana

Al llegar a un refugio, la experiencia cambia. Después del frío y del esfuerzo, entrar en un espacio de madera, desprenderse de las botas húmedas y recuperar poco a poco el calor tiene algo casi doméstico, incluso sensual, como si el cuerpo agradeciera finalmente el cobijo. Afuera continúa la montaña, pero dentro aparecen las voces, el olor de la comida, la madera, las prendas mojadas y la presencia de otros caminantes. El refugio recuerda que incluso en un territorio tan inmenso necesitamos lugares donde encontrarnos.

 

 


 

Y esa presencia humana forma parte también de la historia cultural de estas montañas. El excursionismo catalán convirtió desde finales del siglo XIX muchos de estos territorios en espacios de conocimiento, investigación y descubrimiento, recorridos por geólogos, botánicos, arqueólogos, fotógrafos e historiadores que no buscaban únicamente contemplar la naturaleza, sino comprenderla y documentarla. Carros de Foc pertenece hoy a otra época, mucho más accesible y tecnológica, pero conserva algo de aquella antigua necesidad de conocer caminando, de comprender el territorio no desde fuera, sino atravesándolo con el propio cuerpo.

 

 

 

 

Quizá por eso una travesía como esta deja una memoria diferente a la de una fotografía. La imagen puede conservar los Encantats, el agua de un estany o la luz sobre el granito, pero no puede guardar completamente el frío de aquella mañana, el olor del bosque después de la lluvia, el cansancio de las piernas al llegar al refugio ni la sensación de sentarse junto al agua y dejar que el viento recorra la piel. Hay experiencias que la memoria visual no consigue contener porque pertenecen antes al cuerpo que a la mirada.

 

 

Una catedral sin arquitecto

Al terminar la travesía quizá no recordemos todos los kilómetros ni la sucesión exacta de refugios, pero permanecerán algunas imágenes: una montaña reflejada en el agua, una flor diminuta entre dos piedras, la niebla entrando lentamente en un valle, el viento en un collado o aquella última luz que convierte el granito en oro. Son imágenes que no permanecen únicamente en los ojos, porque se mezclan con el cansancio, con la respiración, con el frío y con el placer de haber estado allí. 

 

 

 

 

Las catedrales fueron construidas por hombres que quisieron elevar la mirada hacia aquello que estaba por encima de ellos. Aigüestortes no tiene arquitecto, pero posee sus propias torres, sus naves y sus vitrales de agua; el hielo ha trabajado durante miles de años sobre la piedra, el agua ha ocupado sus antiguas heridas y la luz continúa transformando cada día una obra que nunca termina. Quizá esa sea la verdadera experiencia de Carros de Foc: entrar durante unos días en una arquitectura que no ha sido construida para nosotros y descubrir, mientras la recorremos, que tampoco nosotros somos completamente ajenos a ella.

Quizá entonces comprendemos que la montaña no se deja poseer. Se acerca, nos roza, nos exige, nos acaricia a veces con la luz y otras con el viento, y después nos deja marchar con una parte de ella escondida en la memoria del cuerpo. No somos nosotros quienes hemos recorrido el paisaje.

Es el paisaje quien, durante unos días, nos ha recorrido a nosotros.

 

 

 

Mapa de la travesía Carros de Foc. El recorrido une nueve refugios del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici en un itinerario circular de alta montaña, nacido de la iniciativa de sus guardas a finales de los años ochenta.

 

Gracias, de corazón, a Carlos y Javi, compañeros de fatiga, de aventura y también de confesiones en Carros de Foc, por regalarme su compañía en este camino y, de paso, algunas de las fotografías que acompañan estas páginas y ayudan a conservar la memoria de una experiencia inolvidable.

Este ensayo habla de unas montañas recorridas, pero también de una experiencia vivida y compartida. Por eso, sus imágenes forman parte de esta memoria colectiva del camino: de los silencios, del esfuerzo, de la belleza y de todo aquello que solo se comprende cuando se atraviesa la montaña paso a paso.

 

 

Murcia Serrano, I. (2009). Lo sublime de Edmund Burke y la estetización postmoderna de la tecnología. Fedro. Revista de Estética y Teoría de las Artes, 8, 17–38.

Instituto Geológico y Minero de España. (2011). Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. IGME-CSIC.

Generalitat de Catalunya.  Inventari d’espais d’interès geològic de Catalunya: Aigüestortes i Estany de Sant Maurici

Azcárate Luxán, B., & Fernández Fernández, A. (2017). Geografía de los paisajes culturales. Universidad Nacional de Educación a Distancia.



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