Lo que los estadounidenses decidan en noviembre no solo determinará el equilibrio de Washington, sino también parte del futuro político de Occidente
Las elecciones parciales que Estados Unidos celebrará el próximo noviembre tienen una particularidad que las convierte en un acontecimiento especialmente interesante, no solo para quienes siguen de cerca la política estadounidense, mi caso, sino también para cualquiera que se pregunte por la relación entre democracia, poder y ciudadanía: no son unas elecciones presidenciales, pero pueden convertirse en un referéndum sobre Trump sin ser formalmente un referéndum sobre Trump.
Donald Trump continuará siendo presidente, no obstante, el resultado decidirá quién ocupará el Congreso y, con ello, cuánto margen tendrá la Casa Blanca para desarrollar su política durante la segunda mitad de su mandato. Los ciudadanos no votarán directamente para mantener o retirar a Trump del poder, pero sí podrán decidir si quieren darle un Congreso que facilite sus decisiones o uno que actúe como contrapeso frente a ellas.
Y quizá ahí esté la cuestión más interesante.
Porque una democracia no consiste únicamente en elegir quién gobierna, sino también en decidir cuánto poder estamos dispuestos a concederle a quien gobierna.
Cuando elegimos a un presidente depositamos en él nuestra confianza, pero no le entregamos nuestra capacidad de cuestionarlo, porque precisamente para eso existen las instituciones que acompañan al poder y que, desde posiciones diferentes, pueden aprobar, modificar, investigar o incluso bloquear determinadas decisiones.
Puede resultar poco alagueño, porque cualquier Gobierno preferiría poder actuar sin obstáculos, pero esos obstáculos son también una de las garantías de una democracia. Un Congreso que discute al presidente, unos tribunales que pueden contradecirlo, unos medios de comunicación que investigan sus actuaciones o una oposición que cuestiona sus decisiones no son necesariamente señales de un sistema débil; pueden ser, precisamente, señales de que el poder no está concentrado en una sola mano.
Es una idea sencilla que a veces olvidamos: los límites no existen necesariamente porque desconfiemos de quien tiene el poder, sino porque sabemos que ningún ser humano debería tener un poder ilimitado.
Por eso las elecciones estadounidenses de noviembre pueden interesarnos también desde Europa.
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| El poder presidencial no existe aislado: en el sistema estadounidense debe convivir con un Congreso que puede facilitar, negociar o limitar las decisiones de la Casa Blanca. |
Lo que ocurra en Washington no se queda en Washington, porque las decisiones de Estados Unidos tienen consecuencias sobre la seguridad europea, sobre la guerra de Ucrania, sobre las relaciones con Rusia y China, sobre el comercio internacional y sobre el futuro de la propia OTAN. Una decisión tomada por el Congreso estadounidense puede acabar influyendo en cuánto necesita gastar Europa en defensa, en qué posición adopta frente a un conflicto internacional o en las condiciones en las que una empresa europea compra o vende determinados productos.
Para nosotros, quizá el ejemplo más evidente sea Ucrania.
Europa ha aprendido durante estos últimos años que la seguridad del continente no puede darse por garantizada y que muchas de las decisiones que afectan al futuro de la guerra dependen, directa o indirectamente, de la relación entre Washington, Moscú y las instituciones europeas. Si Estados Unidos modifica su política hacia Ucrania o Rusia, Europa tendrá que reaccionar, porque no estamos hablando de un conflicto lejano que podamos observar desde la distancia, sino de una guerra que se desarrolla en nuestro propio continente y que ha transformado la manera en que Europa entiende su seguridad.
Algo parecido ocurre con la economía.
Cuando Estados Unidos modifica sus aranceles, su política comercial o su relación económica con China, las consecuencias pueden terminar llegando a empresas europeas, trabajadores, consumidores y familias que probablemente no siguen en absoluto el debate político estadounidense. Una decisión tomada a miles de kilómetros puede acabar afectando al precio de un producto, a una inversión o a la capacidad de una empresa para competir en determinados mercados.
Vivimos en un mundo en el que las fronteras siguen existiendo, pero las consecuencias de nuestras decisiones políticas ya no se quedan necesariamente dentro de ellas.
Sin embargo, quizá exista otra razón, menos visible pero más profunda, para mirar hacia Estados Unidos.
Las democracias se observan unas a otras. Y lo que está ocurriendo allí puede servirnos también para reflexionar sobre nosotros mismos.
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| Al final, detrás de cualquier elección hay una decisión individual: ciudadanos que utilizan su voto para expresar confianza, rechazo, preocupación o deseo de cambio. |
Estados Unidos atraviesa una etapa de enorme polarización política, en la que el desacuerdo ha dejado de ser muchas veces una diferencia de opinión para convertirse en una cuestión de identidad: unos consideran que el otro lado representa una amenaza para el país, mientras los otros responden exactamente de la misma manera. Cuando esto sucede, la política deja de ser el espacio en el que diferentes ciudadanos discuten sobre cómo quieren organizar su sociedad y comienza a convertirse en una lucha por determinar quién tiene derecho a representar al país verdadero.
Y ese es un terreno peligroso.
Porque una democracia necesita adversarios, pero no enemigos.
Necesita personas que piensen diferente, partidos que se enfrenten y ciudadanos que puedan defender posiciones opuestas, pero necesita también que todos ellos acepten unas mismas reglas y, sobre todo, que sean capaces de reconocer la legitimidad de quien piensa de otra manera.
La democracia no demuestra su fortaleza cuando gana nuestro candidato, sino cuando somos capaces de aceptar que puede ganar el candidato que no queremos.
Aceptar una derrota electoral no significa aceptar las ideas del vencedor; significa aceptar que existen unas reglas comunes que están por encima de nuestra propia victoria y que el adversario político continúa teniendo derecho a participar en la vida pública.
Quizá por eso las elecciones de noviembre sean más interesantes de lo que podría parecer.
No se tratará solamente de saber si republicanos o demócratas consiguen más escaños, sino de observar hasta qué punto la sociedad estadounidense quiere mantener el actual rumbo político y hasta qué punto está dispuesta a introducir límites y contrapesos al poder presidencial.
Un ciudadano puede apoyar a Trump y, sin embargo, votar a un congresista que considere necesario controlar algunas de sus decisiones. Del mismo modo, alguien puede votar a un candidato demócrata no porque quiera que Trump deje de ser presidente —algo que estas elecciones no pueden decidir—, sino porque considere que el país necesita un mayor equilibrio entre las diferentes instituciones.
Eso también es democracia. Porque votar no significa entregar un cheque en blanco.
Significa elegir a quienes creemos que deben tomar determinadas decisiones durante un tiempo determinado, sabiendo que su poder debe permanecer sometido a unas reglas y que, llegado el momento, podremos volver a juzgar su actuación.
Quizá esa sea una de las grandes preguntas que estas elecciones plantearán a los estadounidenses, pero también una pregunta que debería hacernos pensar a nosotros: ¿queremos gobiernos fuertes porque necesitamos que sean capaces de tomar decisiones, o queremos gobiernos sin límites porque nos gustaría que pudieran hacer exactamente aquello que nosotros consideramos correcto?
La diferencia entre ambas cosas es enorme.
Un Gobierno fuerte puede ser necesario para afrontar una guerra, una crisis económica o una emergencia; un Gobierno sin límites, en cambio, puede terminar convirtiendo su propia fuerza en una amenaza para las instituciones que deberían controlarlo.
Por eso los límites al poder no deberían entenderse como un obstáculo para la democracia, sino como una de sus formas de protección.
Y quizá esta sea la razón por la que deberíamos mirar las elecciones estadounidenses con algo más que curiosidad política.
Porque detrás de Trump, de los republicanos, de los demócratas y de la batalla por el Congreso existe una cuestión mucho más universal que atraviesa todas las democracias: qué ocurre cuando una sociedad deposita muchas de sus esperanzas en un líder y, al mismo tiempo, tiene que decidir cuánto poder está dispuesta a concederle.
En noviembre, los estadounidenses responderán a esa pregunta con su voto.
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| Elegir a quienes gobiernan también significa decidir qué límites deberá encontrar el poder una vez que haya sido elegido. |
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