viernes, 6 de marzo de 2026

Reflexión: Irán en el centro de la tormenta. Claves para entender la crisis actual en Oriente Medio

Un recorrido por el origen de la tensión nuclear, la rivalidad regional y el debate internacional sobre el doble rasero en Oriente Medio.

 

En las últimas semanas, la situación en Irán ha vuelto a ocupar titulares en todo el mundo. Ataques militares, tensiones diplomáticas y el temor a una posible guerra regional han situado de nuevo a Oriente Medio en el centro de la política internacional. Sin embargo, para comprender lo que está ocurriendo hoy, es necesario mirar más atrás y entender los procesos políticos, estratégicos e históricos que han ido acumulando tensiones durante décadas.
 
Este artículo ofrece una explicación clara y accesible del conflicto. Me he extendido un poco para evitar simplificaciones que puedan generar malentendidos, dada la sensibilidad del momento. Con humildad, intento argumentar a varios de los elementos clave que han dado forma a esta compleja realidad.
 
 
Una de las principales fuentes de tensión entre Irán y varias potencias occidentales está relacionada con su programa nuclear. El gobierno iraní sostiene desde hace años que su objetivo es desarrollar energía nuclear con fines civiles, es decir, para la producción de electricidad y el desarrollo tecnológico. Sin embargo, algunos países temen que este programa pueda utilizarse también para fabricar armas nucleares.

Para intentar evitar esa posibilidad, en 2015 se firmó un acuerdo internacional conocido como Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), resultado de largas negociaciones entre Irán y varias potencias mundiales. Según la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), el acuerdo obligaba a Irán, como a otros países firmantes, a reducir considerablemente sus reservas de uranio enriquecido, limitar el nivel de enriquecimiento y permitir inspecciones internacionales periódicas en sus instalaciones nucleares.

A cambio, la comunidad internacional se comprometía a levantar progresivamente las sanciones económicas que pesaban sobre el país. Durante los primeros años del acuerdo, diversos informes de la AIEA indicaron que Irán estaba cumpliendo con los compromisos establecidos.

Sin embargo, en 2018 el acuerdo sufrió un golpe decisivo cuando Estados Unidos decidió retirarse unilateralmente del pacto durante la presidencia de Donald Trump. Tras esta decisión, Washington restableció fuertes sanciones económicas contra Irán, lo que debilitó seriamente el acuerdo y provocó que el gobierno iraní comenzara a aumentar de nuevo sus niveles de enriquecimiento de uranio.

En el debate internacional sobre el programa nuclear iraní aparece con frecuencia una crítica importante: la existencia de lo que muchos analistas denominan un doble rasero en el sistema nuclear internacional.

 

Irán es firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), un acuerdo internacional creado en 1968 que busca evitar la expansión de las armas nucleares. Los países que firman este tratado se comprometen a no desarrollar armas nucleares y a permitir inspecciones internacionales para verificar que su tecnología nuclear se utiliza únicamente con fines civiles.

Israel, en cambio, nunca ha firmado este tratado.

El gobierno israelí mantiene desde hace décadas una política de ambigüedad —ni confirma ni niega oficialmente poseer armas nucleares— diversos estudios de institutos como el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) estiman que Israel dispone de un arsenal nuclear desde finales del siglo XX. A diferencia de Irán, Israel no permite inspecciones internacionales sobre sus instalaciones nucleares, ya que no forma parte del tratado.

Esta situación ha sido criticada por diversos países, especialmente por gobiernos y analistas del llamado Sur Global, quienes consideran que existe una desigualdad en la forma en que se aplican las normas internacionales. 

Desde esta perspectiva, resulta problemático que se exija a Irán cumplir estrictamente con el régimen de no proliferación mientras Israel permanece fuera de ese marco sin afrontar presiones comparables.

A ello se suma la estrecha relación estratégica entre Estados Unidos e Israel. Según diversos analistas de política internacional y estudios del Council on Foreign Relations, Washington ha mantenido históricamente una posición de fuerte apoyo político y militar hacia Israel, lo que algunos observadores interpretan como una forma de protección hacia su aliado en el contexto del debate nuclear.

Durante muchos años, el enfrentamiento entre Irán, Israel y Estados Unidos no se ha manifestado como una guerra directa, sino más bien como una serie de conflictos indirectos que se desarrollan en distintos países de la región.

Irán ha apoyado política y militarmente a varios grupos armados en Oriente Medio, entre ellos: Hezbolá, en Líbano; Hamás, en la franja de Gaza; milicias chiíes en Irak o el movimiento hutí en Yemen.

Estos grupos forman parte de una red de alianzas regionales que permite a Irán proyectar influencia en diversos conflictos. Desde la perspectiva de Israel y de Estados Unidos, estas organizaciones representan una amenaza directa o indirecta a su seguridad.

Por su parte, Israel ha llevado a cabo durante años operaciones encubiertas, sabotajes y ataques selectivos contra instalaciones vinculadas al programa militar iraní o contra posiciones de sus aliados en países como Siria. 

 
Peggy_Marco

La escalada tras la guerra de Gaza

La situación regional se volvió aún más tensa tras el estallido de la guerra entre Israel y Hamás en 2023.

Este conflicto generó una reacción en cadena en diferentes puntos de Oriente Medio. Desde entonces se han producido ataques desde el sur del Líbano contra Israel por parte de Hezbolá, bombardeos israelíes contra posiciones vinculadas a Irán en Siria, y ataques de milicias proiraníes contra bases militares estadounidenses en Irak y otros países de la región.

Muchos analistas consideran que Oriente Medio se encuentra actualmente en una situación de conflicto de baja intensidad, en el que distintos actores se enfrentan de forma indirecta sin llegar, al menos por ahora, a una guerra abierta a gran escala.

Más allá de los intereses geopolíticos y estratégicos, el conflicto también está marcado por un profundo clima de miedo mutuo y desconfianza.

Israel considera que la posibilidad de que Irán desarrolle armas nucleares supondría una amenaza existencial para su seguridad. Algunos discursos de líderes iraníes y el apoyo de Teherán a grupos armados hostiles alimentan esa percepción de peligro.

Por su parte, Irán percibe la presión internacional, las sanciones económicas y las operaciones militares encubiertas como una amenaza constante a su soberanía. Desde esta perspectiva, el desarrollo tecnológico y militar puede interpretarse como una forma de defensa frente a posibles agresiones externas.

Este clima de desconfianza estructural genera una dinámica en la que cada movimiento de un actor es interpretado por el otro como una amenaza, lo que alimenta un ciclo continuo de tensión.

 Al mismo tiempo, Irán atraviesa desde hace años una profunda crisis económica y social. Las sanciones internacionales han afectado gravemente a su economía, provocando inflación, dificultades para importar determinados productos y un creciente malestar social.

En los últimos años se han producido también diversas protestas en ciudades del país, algunas de ellas relacionadas con la situación económica y otras con demandas sociales y políticas. En varios casos, estas protestas han sido reprimidas con dureza por las autoridades, lo que ha aumentado la tensión interna.

 

Imagen extraída de Aljazeera medios

 

Este contexto de fragilidad económica y presión social añade una dimensión adicional a la situación política del país que ha evolucionado hacia un escenario cada vez más delicado.

La preocupación internacional se debe también al papel estratégico de Oriente Medio en el comercio global y en el suministro energético, lo que significa que cualquier crisis regional puede tener consecuencias económicas y políticas a escala mundial.

 

Mohammad Mosaddeq (2)

 

El acercamiento entre Irán y China en los últimos años es uno de los elementos geopolíticos más importantes para entender la evolución del conflicto en Oriente Medio. No se trata únicamente de una relación diplomática puntual, sino de una convergencia estratégica en el terreno económico, energético y político que, sin lugar a dudas, no ha pasado desapercibido a ojos de los EEUU.

Irán posee algunas de las mayores reservas de petróleo y gas del mundo, mientras que China es uno de los mayores consumidores de energía del planeta. Esta complementariedad ha favorecido una cooperación cada vez más estrecha del duo.

A pesar de las sanciones internacionales impulsadas principalmente por Estados Unidos, China se ha convertido en uno de los principales compradores de petróleo iraní (1). Para Teherán, esto representa una vía fundamental para mantener ingresos económicos en un contexto de fuerte presión internacional.

Para China, en cambio, Irán es un socio estratégico más dentro de su política energética y de su proyecto de expansión comercial global, especialmente en el marco de la iniciativa conocida como la Nueva Ruta de la Seda.

El conflicto actual en torno a Irán no puede entenderse como una simple confrontación entre dos países. Se trata más bien de una red compleja de rivalidades geopolíticas, alianzas estratégicas, tensiones ideológicas y debates internacionales sobre el sistema de seguridad global. A ello se suma una discusión cada vez más visible sobre la equidad del sistema nuclear internacional, el papel de las grandes potencias y la influencia de las alianzas políticas en la aplicación de las normas internacionales.

Comprender esta complejidad resulta fundamental para evitar interpretaciones simplistas y para seguir con mayor claridad la evolución de una situación que, por ahora, sigue abierta e incierta.

En un mundo cada vez más interconectado, los acontecimientos que se desarrollan en Oriente Medio no afectan únicamente a los países directamente implicados. También influyen en la economía global, en la política internacional y en la seguridad colectiva.


 

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lunes, 2 de marzo de 2026

Com explicar l’art contemporani a una amiga (sense trair la seva sensibilitat) o a qui vulgui entendre

Com explicar l’art contemporani a una amiga (sense trair la seva sensibilitat)

Imagina l’escena: una sobretaula tranquil·la, el cafè encara calent, i ella —sensible, acostumada a mirar la bellesa clara de la forma i l’harmonia— diu amb honestedat: «No ho entenc. Això no em diu res.» I no ho diu des del menyspreu, sinó des d’una sensibilitat real. Perquè qui s’emociona davant la llum de Joaquín Sorolla o davant la geometria espiritual de la Mezquita Hassan II no està tancada a l’art; busca veritat i bellesa.

 

Mezquita Hassan II, Marruecos

L’art clàssic no reflecteix el món: el construeix

L’art clàssic no reflecteix el món de manera neutra; l’organitza segons uns ordres. Durant segles, Vitruvi —arquitecte i teòric romà de l’època de Juli Cèsar— va ser llegit gairebé com una autoritat absoluta. El seu tractat es va convertir en cànon. Però quan es van estudiar les ruïnes romanes in situ, es va comprovar que la pràctica era més flexible que la teoria: proporcions variables, solucions diverses, una teorizació gairebé “a la carta”. Fins i tot el que anomenem clàssic va ser interpretació i selecció. No era etern; era històric.

Aquí hi ha el pont: si el classicisme confiava en ordres estables, l’art contemporani parteix de la consciència que aquests ordres són fràgils.

 

El xoc no és de sensibilitat, sinó d’expectativa. Si davant l’art clàssic preguntem “què representa?” o “com de ben fet està?”, davant l’art contemporani potser cal provar amb: “què m’està dient?”, “què qüestiona?”, “per què ara?”.

 

Pensa en Marina Abramović i la seva obra Rhythm 0 (1974): no exhibeix virtuosisme, sinó vulnerabilitat. O en Ai Weiwei amb Sunflower Seeds o Remembering (2009): no competeix amb l’harmonia clàssica, sinó que treballa amb la urgència del present, amb la memòria i la denúncia.

 

Rhythm 0 (1974)


“Rhythm 0” d’Marina Abramović és una performance en què l’artista es va posar completament a disposició del públic durant sis hores, amb una taula de 72 objectes, alguns per fer plaer i altres per fer mal

Durant la performance “Rhythm 0”, al principi el públic va interactuar de manera suau amb Marina Abramović, tocant-la lleugerament o utilitzant els objectes d’una manera inofensiva. Però a mesura que passaven les hores, algunes persones es van tornar més agressives: li van tallar la roba, li van col·locar objectes punxeguts o armes sobre el cos i fins i tot la van posar en situacions de risc amb una pistola carregada.

Aquesta evolució va mostrar com el comportament humà pot canviar quan desapareixen els límits i les responsabilitats, i va posar l’artista en una situació de vulnerabilitat extrema, convertint la peça en un estudi visceral sobre la confiança, la violència i la llibertat.

 

“Semillas de girasol” d’Ai Weiwei ens recorda que darrere de cada xifra o multitud hi ha vides úniques i històries personals. Cada llavor de porcellana, feta a mà, simbolitza la singularitat dins la col·lectivitat i evoca la memòria de la història xinesa, inclosa l’època de Mao, així com la relació entre individus i poder. L’obra crea un espai silenciós per reflexionar sobre la fragilitat de la vida, la força de la comunitat i la importància de preservar la dignitat i la identitat de cada persona.

 

L’art de les últimes tendències no neix per decorar, sinó per fer pensar. I aquí poden ajudar-nos Walter Benjamin i Theodor W. Adorno.

Benjamin parlava de la pèrdua de l’“aura” en l’era de la reproducció tècnica: quan la imatge es multiplica i es consumeix ràpidament, canvia la nostra manera de mirar-la. Estem envoltats d’imatges, però això no vol dir que les mirem de debò. Potser per això l’art contemporani intenta interrompre la mirada automàtica.

Adorno, per la seva banda, defensava que l’art crític no ha d’adaptar-se dòcilment al mercat ni limitar-se a embellir la realitat. L’art, deia, ha d’incomodar, ha de resistir la lògica del consum. Quan una obra ens molesta o ens desconcerta, potser està complint exactament aquesta funció.

Pensa en La vida es bella de Roberto Benigni: construeix un relat que endolceix l’horror amb una fantasia protectora. En canvi, Ai Weiwei prefereix la confrontació incòmoda, la veritat crua, els noms propis de la seva obra Remembering. Són dues maneres radicalment diferents d’afrontar la memòria.

 

Remembering, 2009

 

El 12 de maig de 2008, a la província xinesa de Sichuan, la terra va tremolar durant gairebé dos minuts que es van fer eterns. Tot i que les xifres oficials han estat objecte de debat, es calcula que prop de 80.000 persones van perdre la vida.

Una part molt significativa de les víctimes eren infants, que van quedar sepultats sota les seves escoles, edificis que no van resistir la força del sisme. Amb el pas del temps, van sorgir denúncies i sospites sobre la qualitat de les construccions, assenyalant possibles irregularitats i desviacions de fons destinats a garantir la seguretat.

Més enllà de les xifres i de les responsabilitats, aquell terratrèmol va deixar una ferida profunda en milers de famílies i en la memòria col·lectiva.

«Remembring» és una obra feta amb motxilles infantils que porta el missatge: “On són les vides?” 

 

En una societat accelerada, pràctica, gairebé anestesiada per la immediatesa, un art que no “serveix” per a res útil pot semblar superflu. Però potser aquí rau la seva força: ens obliga a aturar-nos, a pensar, a no acceptar l’ordre establert sense qüestionar-lo.



Aquesta reflexió no vol convèncer ningú ni imposar gustos. Vol acompanyar una altra manera de mirar. La sensibilitat ja hi és —en l’harmonia del mosaic, en l’emoció del retrat—; només cal canviar la pregunta.

Perquè l’art contemporani no sempre té l’ànima en la forma, sinó en la idea. I pensar, avui, enmig del soroll i la velocitat, és gairebé un acte de resistència.

El clàssic va construir ordres que semblaven eterns; el contemporani ens recorda que no ho són. I en aquesta tensió no hi ha ruptura absoluta, sinó una conversa històrica contínua. Una conversa que, si la deixem entrar a la sobretaula, pot esdevenir profundament humana.

 

Per l'OUMI i per despertar conciències. 

 

Explicació de les obres presentades:

La vida es bella

Remembering, 2009 

Rhythm 0 (1974)

Ai Weiwei: Sunflower Seeds


jueves, 29 de enero de 2026

Reflexión: El Imperio otomano y la herencia envenenada de su desaparición

Mapas trazados para controlar, no para convivir

El Imperio otomano fue, durante más de seis siglos, algo más que un Estado poderoso: fue una estructura política capaz de sostener la diversidad sin exigir uniformidad, un artefacto histórico complejo que gobernó territorios inmensos desde los Balcanes hasta Oriente Próximo mediante una lógica hoy difícil de comprender desde la obsesión contemporánea por la nación homogénea. No era un imperio idílico —ninguno lo es—, pero funcionaba sobre un principio pragmático: permitir que pueblos, religiones y comunidades distintas coexistieran bajo una soberanía común, flexible, jerárquica y, sobre todo, adaptable. 

 

Fuente: Ali Toma

Durante siglos, la pertenencia no se definía por una identidad nacional cerrada, sino por vínculos locales, religiosos, lingüísticos o administrativos. El imperio no exigía que todos fueran lo mismo; exigía que no rompieran el equilibrio. Y ese equilibrio, frágil pero eficaz, permitía una convivencia tensa pero relativamente estable en regiones que hoy asociamos casi automáticamente al conflicto permanente.

 

Fuente: Enciclopedia Británica-BBC
 

El problema no comienza con el declive otomano, sino con la forma en que ese declive se gestiona. A partir del siglo XIX, presionado por las potencias europeas, erosionado desde dentro y empujado a reformas tardías, el imperio entra en una agonía prolongada. Cuando finalmente se derrumba tras la Primera Guerra Mundial, no se produce una transformación orgánica, negociada o gradual, sino un desmantelamiento abrupto, decidido desde fuera, con mapas dibujados en despachos europeos y fronteras trazadas sin atender a las realidades sociales que durante siglos habían sostenido esos territorios.

 


 
Comparativa de dos mapas. Desaparición del Imperio, y existencia de Turquía, 1923.  Dominio del Imperio Otomano de 1914. Fuente: geacron

 

Mapa 2022. Fuente:geacron

 

Ahí nace el problema de fondo. Donde antes había una administración imperial de la diversidad, se imponen Estados-nación rígidos, artificiales, obligados a inventarse una identidad común que no existía. El resultado no es estabilidad, sino una violencia estructural latente. Palestina se convierte en el escenario más visible de esta herencia maldita: una tierra sin fronteras nacionales bajo dominio otomano pasa a ser objeto de promesas coloniales incompatibles, proyectos identitarios enfrentados y una retirada irresponsable que deja el conflicto abierto hasta hoy. No es un odio ancestral: es una catástrofe política planificada.

Siria e Irak repiten el patrón. Regiones plurales, cohesionadas por una lógica imperial, se transforman en Estados construidos a partir de piezas que no encajan. Para sostener esa ficción, el autoritarismo se vuelve necesario: dictaduras que no solucionan el problema, pero lo congelan. Cuando el control desaparece, no emerge una democracia estable, sino la fragmentación violenta de un edificio sin cimientos compartidos.

El Kurdistán representa la grieta más evidente del nuevo orden: un pueblo repartido entre varios Estados, prometido y luego negado, convertido en anomalía permanente porque su existencia cuestiona la legitimidad del mapa entero. Reconocerlo implicaría admitir que la caída del imperio produjo Estados incompletos.

Y el Líbano, con su sistema confesional rígido, muestra otra variante del mismo error: cuando la diversidad se institucionaliza sin flexibilidad, la política se paraliza y el pasado se convierte en prisión.

En todos estos casos, el patrón es claro y persistente: el imperio administraba diferencias; los nuevos Estados intentan disciplinarlas. El imperio aceptaba ambigüedades; el Estado-nación exige identidades cerradas. Cuando la realidad no cabe en el molde, la respuesta no es ajuste ni diálogo, sino fuerza, silencio o violencia.

Por eso estos conflictos no se resuelven con elecciones rápidas, ni con intervenciones externas, ni con discursos bienintencionados. Son heridas fundacionales, no crisis coyunturales. El Imperio otomano cayó, sí, pero su caída no terminó en 1924. Sigue ocurriendo cada día, en cada frontera que no cicatriza, en cada Estado que necesita autoritarismo para mantenerse unido, en cada conflicto que insiste porque nunca se resolvió su origen.

Los imperios no desaparecen del todo.

A veces, simplemente se transforman en problemas no resueltos que heredamos como presente.
Y siempre hay alguien dispuesto a creer que siglos de historia mal cerrada pueden solucionarse con una cumbre, un tuit o una Junta de la Paz. 

 

Colección Uffizi

 

 

BBC News Mundo. (2025, 17 de octubre). El Partido Comunista Chino expulsa a 9 generales de alto rango en una amplia purga militar. BBC News Mundo.

Duducu, J. (2018, 4 de marzo). Por qué el sultán Solimán era más magnífico de lo que habrías pensado y otras 3 cosas que quizás no sabías del Imperio Otomano. BBC News Mundo.

Arancón, F. (2015, 20 de noviembre). Los caprichos fronterizos de Oriente Próximo. El Orden Mundial.

Marcando el Polo. (2023, 10 de agosto). Kurdistán no es un país. Marcandoelpolo.com.

Blakemore, E. (2019, 13 de diciembre). Imperio otomano: qué fue, cómo surgió y cuándo terminó. National Geographic Historia

Vallejo Fernández‑Cela, S. (2001). La caída del Imperio Otomano y la fundación de la República Turca: Una visión española (Cuadernos de Historia de las Relaciones Internacionales No. 2). Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales.

García, E. R. (s. f.). Breve historia del Imperio otomano  


 

 

 

miércoles, 21 de enero de 2026

Reflexión: Cuando la frontera manda más que la vida: Kosovo, Cataluña, Ucrania y Chechenia

 

Separatismo, soberanía y violencia en Europa explicados sin consignas ni simplificaciones

 

Los conflictos separatistas suelen presentarse como enfrentamientos simples entre buenos y malos, entre Estados opresores y pueblos que solo desean decidir su futuro. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Kosovo, Cataluña, Ucrania y Chechenia demuestran que no existe una única forma de entender la autodeterminación ni una sola manera de gestionar la unidad territorial. Este artículo propone una mirada clara, divulgativa y crítica para comprender por qué comparar estos casos sin matices conduce más al ruido que al conocimiento. Porque, más allá de opiniones, posiciones políticas o sentimientos personales, conviene recordar que nada ocurre por casualidad ni se explica solo por la herencia del pasado: todo conflicto nace en un momento concreto, responde a un contexto determinado y se activa a partir de decisiones y voluntades muy precisas.

 

Hablar de conflictos separatistas en Europa obliga a caminar por un terreno incómodo, cargado de emociones, memorias heridas y posiciones que rara vez admiten matices. Sin embargo, precisamente por eso, resulta necesario detenerse, respirar hondo y mirar estos procesos no desde el grito ni la consigna, sino desde una reflexión serena que no renuncie a tener siempre una opinión clara.

 

TheDigitalArtist
 

Kosovo, Cataluña y Ucrania suelen aparecer juntos en debates políticos y mediáticos, a menudo utilizados como ejemplos arrojadizos, simplificados hasta el extremo y vaciados de su complejidad histórica. Pero cada uno de estos casos responde a contextos distintos, a trayectorias largas y a heridas que no se pueden medir con la misma vara.

El caso de Kosovo es quizá el más fácilmente reconocible como conflicto internacional abierto. Durante décadas, la población albanokosovar vivió dentro de Yugoslavia y posteriormente de Serbia en un marco de tensiones étnicas, religiosas y políticas que acabaron derivando en una guerra brutal a finales de los años noventa. La independencia de Kosovo, declarada en 2008, llegó tras limpieza étnica, intervención militar de la OTAN y un largo proceso de tutela internacional. No fue una decisión tomada en urnas tranquilas ni en un clima democrático estable, sino la salida imperfecta a una situación de violencia extrema, con el objetivo principal de detener el sufrimiento humano. Que hoy siga siendo un Estado parcialmente reconocido recuerda que incluso las soluciones avaladas internacionalmente dejan cicatrices abiertas.

Cataluña, en cambio, se mueve en un escenario radicalmente distinto. Aquí no hubo guerra, ni intervención militar extranjera, ni un conflicto armado previo. El independentismo catalán se desarrolló en el marco de un Estado democrático, con libertades civiles, elecciones periódicas y mecanismos legales de participación política. Esto no lo convierte automáticamente en un proceso sencillo ni exento de problemas; al contrario, muestra hasta qué punto los conflictos de soberanía también pueden surgir en democracias consolidadas cuando una parte significativa de la población percibe un desajuste entre identidad, autogobierno y reconocimiento político. El choque entre legalidad y legitimidad, entre leyes vigentes y voluntades expresadas, sigue siendo el nudo central de un conflicto que no se resolverá ni con tribunales ni con épica vacía, sino con política real y diálogo sostenido.

 

Pixabay

 

El caso de Ucrania introduce un elemento aún más perturbador: la guerra como herramienta de imposición geopolítica. Aquí, hablar de separatismo exige extremar la cautela, porque los movimientos en regiones como Crimea o el Donbás no pueden entenderse sin la intervención directa de Rusia. No se trata únicamente de tensiones internas o identitarias, sino de un conflicto donde un Estado poderoso utiliza la retórica de la protección de minorías para justificar la ocupación y la invasión de un país soberano. El resultado es devastador: miles de muertos, millones de desplazados y una fractura profunda que difícilmente podrá cerrarse en generaciones.

Comparar estos tres casos sirve, sobre todo, para desmontar la idea de que todos los conflictos separatistas son iguales. No lo son. No lo son en sus causas, en sus métodos ni en sus consecuencias. Equipararlos sin matices no es solo intelectualmente pobre, sino políticamente peligroso, porque normaliza la violencia allí donde no existía o trivializa el sufrimiento allí donde sí fue extremo.

La lección incómoda que dejan Kosovo, Cataluña y Ucrania es que el principio de autodeterminación, tan invocado como mal entendido, nunca opera en el vacío. Siempre choca con fronteras heredadas, equilibrios internacionales, intereses económicos y, sobre todo, con personas reales que viven las consecuencias de cada decisión. Defender el diálogo, la legalidad democrática y la protección de los derechos humanos no es una postura tibia: es una posición firme frente a quienes reducen conflictos complejos a eslóganes simples.

A este mapa complejo conviene añadir Chechenia (1), un caso que incomoda porque rompe muchos de los relatos simplificados con los que solemos abordar el separatismo. Chechenia quiso independizarse tras la caída de la URSS, como tantas otras regiones, pero la respuesta del Estado ruso fue una guerra devastadora que arrasó ciudades enteras y normalizó un nivel de violencia que Europa creía superado. Aquí no hubo reconocimiento internacional, ni mediaciones exitosas, ni un proceso político que permitiera encauzar el conflicto: hubo aplastamiento militar, miedo y una reconstrucción basada en la lealtad forzada al poder central. Chechenia recuerda que cuando el Estado decide que la unidad territorial vale más que la vida de sus ciudadanos, el resultado no es estabilidad, sino silencio impuesto.

Mirados en conjunto, estos casos advierten de un riesgo común: tratar conflictos profundamente humanos como simples problemas de orden. La estabilidad sin justicia es frágil, la unidad impuesta genera resentimiento, y la independencia legítima de un pueblo es un derecho que debe respetarse dentro de un marco democrático. Europa no necesita más mapas rotos ni identidades convertidas en armas; necesita memoria, responsabilidad política y la valentía de aceptar que algunas preguntas no tienen respuestas rápidas, pero sí exigen debates honestos. Ese, quizá, sea el verdadero reto de nuestro tiempo.

Quizá por eso estos conflictos generan tanto ruido y tan poca reflexión. Porque obligan a aceptar que no hay soluciones puras ni modelos exportables, y que cada intento de resolverlos deja siempre pérdidas irreparables. Pero también porque señalan algo que preferimos no mirar de frente: que la estabilidad sin justicia es frágil, que la unidad impuesta genera resentimiento y que la autodeterminación, sin garantías democráticas ni respeto por la vida, puede convertirse en una palabra vacía.

Pensar estos casos con honestidad implica renunciar a los atajos ideológicos. Implica aceptar que no todo referéndum es legítimo, pero tampoco toda frontera es sagrada; que no toda intervención internacional es humanitaria, pero tampoco toda soberanía justifica la violencia; y que la verdadera fortaleza de Europa no debería medirse por su capacidad de mantener territorios intactos, sino por su habilidad para gestionar conflictos sin convertirlos en tragedias.

Chechenia, Kosovo, Cataluña y Ucrania no son piezas intercambiables en un debate televisivo. Son historias humanas atravesadas por decisiones políticas. Y recordarlo no nos hace más débiles: nos hace, al menos, un poco más responsables.

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Reflexión: Irán la promesa rota desde 1979

 La revolución que volvió a encerrar a la libertad

 

La República Islámica de Irán nació en 1979 tras una revolución que prometía justicia social, independencia y dignidad para la población. La caída del Sha fue celebrada por amplios sectores de la sociedad, que vieron en aquel cambio la posibilidad de construir un país más justo. Sin embargo, muy pronto esas expectativas se frustraron.

 

 
Manifestante ondea la bandera del León y el Sol, símbolo de un Irán libre.
 

El nuevo Estado se organizó como una teocracia, un sistema en el que el poder político quedó en manos de líderes religiosos. El ayatolá Ruhollah Jomeini se convirtió en la máxima autoridad del país y, desde el principio, se crearon instituciones como el Consejo de Guardianes, formado por clérigos no elegidos por la ciudadanía y con capacidad para vetar leyes y candidatos. Aunque existían elecciones y parlamento, el margen real de decisión fue siempre muy limitado.

 

Sha y Jomeini 

La represión marcó los primeros años del régimen. Primero se persiguió a los responsables del antiguo sistema, y poco después a partidos laicos, intelectuales, estudiantes y activistas que habían participado en la revolución. Al mismo tiempo, los derechos de las mujeres se vieron gravemente restringidos mediante leyes que regulaban su vestimenta, su conducta y su presencia en el espacio público.

Durante los años ochenta, la guerra contra Irak agravó aún más la situación. El conflicto dejó cientos de miles de muertos y enormes costes sociales y económicos, y sirvió al régimen para reforzar el control interno en nombre de la defensa nacional. Tras la muerte de Jomeini, algunos gobiernos intentaron introducir reformas económicas o suavizar las relaciones internacionales, pero el núcleo del poder religioso nunca se puso realmente en cuestión.

Desde entonces, Irán ha vivido una repetición constante: periodos de esperanza seguidos de desilusión. Presidentes considerados moderados prometieron más libertades y apertura, pero chocaron una y otra vez con el líder supremo y los órganos religiosos, que mantuvieron intacto el carácter autoritario del sistema.

En los últimos años, esta tensión ha estallado con fuerza. Las protestas masivas, protagonizadas sobre todo por mujeres y jóvenes, no reclaman solo cambios puntuales, sino que cuestionan la base misma del régimen. La muerte de una joven bajo custodia policial se convirtió en símbolo del rechazo a la imposición religiosa y a décadas de falta de libertades.

 


Mahsa Amini asesinada por las autoridades de la moral por no llevar correctamente el pañuelo en el año 2022


La respuesta del Estado ha sido dura: detenciones, censura, juicios rápidos y una represión destinada a infundir miedo. A ello se suma una grave crisis económica, agravada por sanciones internacionales y problemas de gestión, que ha erosionado todavía más la legitimidad del gobierno.

Hoy, Irán vive una profunda contradicción. Por un lado, un Estado que se aferra a un modelo teocrático y autoritario; por otro, una sociedad diversa, joven y en constante transformación que reclama derechos, dignidad y futuro. Durante más de cuatro décadas, el régimen ha intentado imponer una identidad única, moral y religiosa, pero el resultado no ha sido estabilidad, sino una tensión permanente entre la norma impuesta y la vida real.

 

 La protesta silenciosa


Esta historia funciona también como una advertencia. Las revoluciones que no aceptan la crítica, que se cierran sobre sí mismas y convierten el poder en dogma, acaban traicionando las aspiraciones que las hicieron posibles. En Irán, la promesa de justicia social se transformó con el tiempo en un sistema rígido, incapaz de adaptarse a su propia sociedad.

Mirar a Irán hoy es, en el fondo, mirar una lucha universal: la de las personas frente a estructuras de poder y abuso que pretenden ser eternas. Es una historia de resistencia cotidiana, de memoria viva y de una ciudadanía que, pese al miedo, sigue reclamando libertad, derechos y dignidad.

El desenlace aún no está escrito. Pero lo que ya resulta evidente es que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente contra su propia gente.

 

 

Alcaraz, A. (2025, 16 de septiembre). El caso de Mahsa Amini en Irán: qué ocurrió, por qué protestó la gente y qué pasa hoy. Amnistía Internacional España.

García Ruiz, Y. (2024, 1 de febrero). Mujeres y revolución en el Irán de los ayatolás. Nueva Revista

Amnesty International. (2026, 9 de enero). Iran: Internet shutdown hides violations in escalating protests (Informe).

Human Rights Watch. (2026, 8 de enero). Iran authorities’ renewed cycle of protest bloodshed.

Reuters. (2026, 13 de enero). UN rights office says hundreds killed in Iran protests

El País. (2026, 14 de enero). El horror de la represión en Irán: “Cortan la luz, matan a la gente con ametralladoras y se llevan los cuerpos”.

The Guardian. (2026, 14 de enero). US and UK military to withdraw some personnel from Middle East amid Iranian threats.

Human Rights Watch. (2025, 16 de septiembre). Iran: Impunity reigns 3 years after crackdown on protests

Díez, F. (2026, 8 de enero). Un profesor español en Teherán acerca la realidad de las protestas en Irán: “Normas, economía, pero también Occidente”. COPE (Mediodía COPE).

La ONU habla de “cientos” de muertos durante las protestas en Irán: “Esta violencia horrible no puede continuar”. (2026, 13 de enero). Cadena SER.

La crisis económica desata protestas en Irán y abre una brecha contra el régimen islámico. (2026, 2 de enero). Tribuna Madrid (EFE).

Renyer, J. (2026, 9 de enero). L’Iran islamista no és la Veneçuela chavista, és molt pitjor i més perillós. Blocs MesVilaWeb.

lunes, 5 de enero de 2026

Reflexión: ¿Seguro que es solo el petróleo?

Venezuela, el nuevo peón del tablero geopolítico mundial

 

Venezuela obliga a mirar más allá de la noticia inmediata y a entender lo que ocurre dentro de un escenario mucho más amplio, donde economía, poder y geopolítica se cruzan de forma cada vez más visible. Durante décadas, el dólar ha sido el eje del sistema económico internacional, sobre todo desde Bretton Woods en 1944, cuando se convirtió en la moneda de referencia del nuevo orden mundial. A partir de ahí, el comercio del petróleo se realizó mayoritariamente en dólares, reforzando de manera clara la influencia global de Estados Unidos y su capacidad para marcar las reglas del juego.

 

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Hoy ese equilibrio empieza a mostrar grietas. Cada vez más países buscan alternativas, utilizan otras monedas como el yuan o el euro y diversifican alianzas en un mundo que ya no gira con la misma claridad alrededor de un único centro de poder. No es una ruptura frontal, pero sí un desgaste lento de un sistema que durante mucho tiempo parecía intocable.

Venezuela se mueve dentro de este proceso, aunque no sea su principal impulsora ni una amenaza decisiva para el sistema global. Su acercamiento a China o Rusia responde tanto a una estrategia política como a una necesidad práctica derivada de las sanciones y del aislamiento internacional. Tener grandes reservas de petróleo da margen de maniobra, pero no significa controlar el mercado ni poder cambiar por sí sola un sistema financiero construido durante décadas. En su caso, confundir potencial con poder real lleva a conclusiones exageradas.

En este contexto, figuras como Delcy Rodríguez no “aceptan” las nuevas reglas por decisión propia, sino porque su margen de maniobra es muy limitado. Estados Unidos mantiene una enorme capacidad de presión económica, financiera y diplomática, y con la captura de Maduro, intentar salir completamente de ese marco sin respaldo sólido implica riesgos enormes. No se trata de sumisión automática, sino de un cálculo estratégico en un tablero global desigual.

China y Rusia juegan una partida distinta. Ambos países impulsan la desdolarización, pero lo hacen con prudencia y a largo plazo. China evita el choque directo: amplía el uso del yuan, firma acuerdos bilaterales y gana influencia sin dinamitar el sistema del que todavía se beneficia. Rusia, más confrontada tras la guerra de Ucrania, acelera ese proceso por necesidad, pero sin capacidad real para imponer un nuevo orden por sí sola. Más que un bloque alternativo, lo que existe es una suma de intereses que coinciden parcialmente.

La Unión Europea, parece la gran despistada, por su parte, sigue atrapada en sus propias contradicciones. Defiende el multilateralismo y cierta autonomía estratégica, pero continúa profundamente vinculada al dólar y a Estados Unidos, especialmente en materia de seguridad. El euro podría ser una alternativa más fuerte, pero la falta de unidad política y de una política exterior coherente limita su papel global. Europa observa el cambio, participa en él de forma tímida, pero rara vez lidera de modo unánime cualquier decisión.

A este tablero se suma un actor clave: el mundo árabe. Lejos de actuar como un bloque homogéneo, las grandes potencias del Golfo, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, mantienen su alianza con Estados Unidos porque les garantiza seguridad y estabilidad, pero al mismo tiempo diversifican relaciones con China y exploran otras monedas sin romper con el dólar. No desafían el sistema, pero tampoco dependen de él como antes. Otros países, como Irán, sí buscan una confrontación más directa, aunque desde una posición frágil y sancionada. El resto del mundo árabe observa, calcula y se adapta, evitando movimientos bruscos.

Reducir la presión internacional sobre Venezuela a una sola causa económica simplifica demasiado una realidad mucho más compleja. En juego hay intereses estratégicos, equilibrios regionales, conflictos internos, rivalidades entre grandes potencias y una competencia constante por recursos y rutas comerciales. Nada de esto responde a una lógica automática ni a una explicación única.

El dólar, además, no se sostiene solo por la fuerza, aunque el poder militar haya acompañado históricamente su expansión. Su peso sigue apoyándose en la confianza de los mercados, en instituciones financieras sólidas y en una inercia global difícil de desmontar de un día para otro. Eso no lo hace invulnerable, pero sí resistente al cambio rápido.

 

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Venezuela, en este sentido, no marca el inicio ni el final de esta transformación. Es más bien un síntoma de un mundo que se reordena sin un rumbo del todo definido, donde las certezas del pasado ya no son absolutas y las nuevas reglas aún están por construirse. Lo que estamos viendo no es una ruptura repentina, sino un proceso largo, tenso y abierto, en el que el poder global se desplaza sin desaparecer por completo.

Al pensamiento surgen muchas preguntas, pero las que más me golpean son estas: ¿Es este un nuevo paradigma en las relaciones internacionales, donde las tensiones por los recursos estratégicos obligarán a redefinir posiciones? ¿Podrá Estados Unidos mantener su papel de matón de colegio sin entrar en un choque directo? Y, más allá de las acusaciones, ¿qué futuro le espera a Venezuela… y a su gente?

Así se mueve el tablero…

 

* Delcy Rodríguez: Vicepresidenta de Venezuela y responsable de la política exterior y estratégica del país en los últimos años, implicada en la gestión de relaciones internacionales y sanciones económicas.

 

Reuters. (5 de enero de 2026). Hungary’s Orban says US intervention in Venezuela good for energy markets. Reuters. 
 
 
The Guardian. (5 de enero de 2026). US foes and allies denounce Trump’s 'crime of aggression' in Venezuela at UN meeting. The Guardian.
 
ElDiario.es. (3 de enero de 2026). Trump: “Vamos a hacer que las grandes petroleras de EEUU gasten millones de dólares en Venezuela…” ElDiario.es.