jueves, 29 de enero de 2026

Reflexión: El Imperio otomano y la herencia envenenada de su desaparición

Mapas trazados para controlar, no para convivir

El Imperio otomano fue, durante más de seis siglos, algo más que un Estado poderoso: fue una estructura política capaz de sostener la diversidad sin exigir uniformidad, un artefacto histórico complejo que gobernó territorios inmensos desde los Balcanes hasta Oriente Próximo mediante una lógica hoy difícil de comprender desde la obsesión contemporánea por la nación homogénea. No era un imperio idílico —ninguno lo es—, pero funcionaba sobre un principio pragmático: permitir que pueblos, religiones y comunidades distintas coexistieran bajo una soberanía común, flexible, jerárquica y, sobre todo, adaptable. 

 

Fuente: Ali Toma

Durante siglos, la pertenencia no se definía por una identidad nacional cerrada, sino por vínculos locales, religiosos, lingüísticos o administrativos. El imperio no exigía que todos fueran lo mismo; exigía que no rompieran el equilibrio. Y ese equilibrio, frágil pero eficaz, permitía una convivencia tensa pero relativamente estable en regiones que hoy asociamos casi automáticamente al conflicto permanente.

 

Fuente: Enciclopedia Británica-BBC
 

El problema no comienza con el declive otomano, sino con la forma en que ese declive se gestiona. A partir del siglo XIX, presionado por las potencias europeas, erosionado desde dentro y empujado a reformas tardías, el imperio entra en una agonía prolongada. Cuando finalmente se derrumba tras la Primera Guerra Mundial, no se produce una transformación orgánica, negociada o gradual, sino un desmantelamiento abrupto, decidido desde fuera, con mapas dibujados en despachos europeos y fronteras trazadas sin atender a las realidades sociales que durante siglos habían sostenido esos territorios.

 


 
Comparativa de dos mapas. Desaparición del Imperio, y existencia de Turquía, 1923.  Dominio del Imperio Otomano de 1914. Fuente: geacron

 

Mapa 2022. Fuente:geacron

 

Ahí nace el problema de fondo. Donde antes había una administración imperial de la diversidad, se imponen Estados-nación rígidos, artificiales, obligados a inventarse una identidad común que no existía. El resultado no es estabilidad, sino una violencia estructural latente. Palestina se convierte en el escenario más visible de esta herencia maldita: una tierra sin fronteras nacionales bajo dominio otomano pasa a ser objeto de promesas coloniales incompatibles, proyectos identitarios enfrentados y una retirada irresponsable que deja el conflicto abierto hasta hoy. No es un odio ancestral: es una catástrofe política planificada.

Siria e Irak repiten el patrón. Regiones plurales, cohesionadas por una lógica imperial, se transforman en Estados construidos a partir de piezas que no encajan. Para sostener esa ficción, el autoritarismo se vuelve necesario: dictaduras que no solucionan el problema, pero lo congelan. Cuando el control desaparece, no emerge una democracia estable, sino la fragmentación violenta de un edificio sin cimientos compartidos.

El Kurdistán representa la grieta más evidente del nuevo orden: un pueblo repartido entre varios Estados, prometido y luego negado, convertido en anomalía permanente porque su existencia cuestiona la legitimidad del mapa entero. Reconocerlo implicaría admitir que la caída del imperio produjo Estados incompletos.

Y el Líbano, con su sistema confesional rígido, muestra otra variante del mismo error: cuando la diversidad se institucionaliza sin flexibilidad, la política se paraliza y el pasado se convierte en prisión.

En todos estos casos, el patrón es claro y persistente: el imperio administraba diferencias; los nuevos Estados intentan disciplinarlas. El imperio aceptaba ambigüedades; el Estado-nación exige identidades cerradas. Cuando la realidad no cabe en el molde, la respuesta no es ajuste ni diálogo, sino fuerza, silencio o violencia.

Por eso estos conflictos no se resuelven con elecciones rápidas, ni con intervenciones externas, ni con discursos bienintencionados. Son heridas fundacionales, no crisis coyunturales. El Imperio otomano cayó, sí, pero su caída no terminó en 1924. Sigue ocurriendo cada día, en cada frontera que no cicatriza, en cada Estado que necesita autoritarismo para mantenerse unido, en cada conflicto que insiste porque nunca se resolvió su origen.

Los imperios no desaparecen del todo.

A veces, simplemente se transforman en problemas no resueltos que heredamos como presente.
Y siempre hay alguien dispuesto a creer que siglos de historia mal cerrada pueden solucionarse con una cumbre, un tuit o una Junta de la Paz. 

 

Colección Uffizi

 

 

BBC News Mundo. (2025, 17 de octubre). El Partido Comunista Chino expulsa a 9 generales de alto rango en una amplia purga militar. BBC News Mundo.

Duducu, J. (2018, 4 de marzo). Por qué el sultán Solimán era más magnífico de lo que habrías pensado y otras 3 cosas que quizás no sabías del Imperio Otomano. BBC News Mundo.

Arancón, F. (2015, 20 de noviembre). Los caprichos fronterizos de Oriente Próximo. El Orden Mundial.

Marcando el Polo. (2023, 10 de agosto). Kurdistán no es un país. Marcandoelpolo.com.

Blakemore, E. (2019, 13 de diciembre). Imperio otomano: qué fue, cómo surgió y cuándo terminó. National Geographic Historia

Vallejo Fernández‑Cela, S. (2001). La caída del Imperio Otomano y la fundación de la República Turca: Una visión española (Cuadernos de Historia de las Relaciones Internacionales No. 2). Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales.

García, E. R. (s. f.). Breve historia del Imperio otomano  


 

 

 

miércoles, 21 de enero de 2026

Reflexión: Cuando la frontera manda más que la vida: Kosovo, Cataluña, Ucrania y Chechenia

 

Separatismo, soberanía y violencia en Europa explicados sin consignas ni simplificaciones

 

Los conflictos separatistas suelen presentarse como enfrentamientos simples entre buenos y malos, entre Estados opresores y pueblos que solo desean decidir su futuro. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Kosovo, Cataluña, Ucrania y Chechenia demuestran que no existe una única forma de entender la autodeterminación ni una sola manera de gestionar la unidad territorial. Este artículo propone una mirada clara, divulgativa y crítica para comprender por qué comparar estos casos sin matices conduce más al ruido que al conocimiento. Porque, más allá de opiniones, posiciones políticas o sentimientos personales, conviene recordar que nada ocurre por casualidad ni se explica solo por la herencia del pasado: todo conflicto nace en un momento concreto, responde a un contexto determinado y se activa a partir de decisiones y voluntades muy precisas.

 

Hablar de conflictos separatistas en Europa obliga a caminar por un terreno incómodo, cargado de emociones, memorias heridas y posiciones que rara vez admiten matices. Sin embargo, precisamente por eso, resulta necesario detenerse, respirar hondo y mirar estos procesos no desde el grito ni la consigna, sino desde una reflexión serena que no renuncie a tener siempre una opinión clara.

 

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Kosovo, Cataluña y Ucrania suelen aparecer juntos en debates políticos y mediáticos, a menudo utilizados como ejemplos arrojadizos, simplificados hasta el extremo y vaciados de su complejidad histórica. Pero cada uno de estos casos responde a contextos distintos, a trayectorias largas y a heridas que no se pueden medir con la misma vara.

El caso de Kosovo es quizá el más fácilmente reconocible como conflicto internacional abierto. Durante décadas, la población albanokosovar vivió dentro de Yugoslavia y posteriormente de Serbia en un marco de tensiones étnicas, religiosas y políticas que acabaron derivando en una guerra brutal a finales de los años noventa. La independencia de Kosovo, declarada en 2008, llegó tras limpieza étnica, intervención militar de la OTAN y un largo proceso de tutela internacional. No fue una decisión tomada en urnas tranquilas ni en un clima democrático estable, sino la salida imperfecta a una situación de violencia extrema, con el objetivo principal de detener el sufrimiento humano. Que hoy siga siendo un Estado parcialmente reconocido recuerda que incluso las soluciones avaladas internacionalmente dejan cicatrices abiertas.

Cataluña, en cambio, se mueve en un escenario radicalmente distinto. Aquí no hubo guerra, ni intervención militar extranjera, ni un conflicto armado previo. El independentismo catalán se desarrolló en el marco de un Estado democrático, con libertades civiles, elecciones periódicas y mecanismos legales de participación política. Esto no lo convierte automáticamente en un proceso sencillo ni exento de problemas; al contrario, muestra hasta qué punto los conflictos de soberanía también pueden surgir en democracias consolidadas cuando una parte significativa de la población percibe un desajuste entre identidad, autogobierno y reconocimiento político. El choque entre legalidad y legitimidad, entre leyes vigentes y voluntades expresadas, sigue siendo el nudo central de un conflicto que no se resolverá ni con tribunales ni con épica vacía, sino con política real y diálogo sostenido.

 

Pixabay

 

El caso de Ucrania introduce un elemento aún más perturbador: la guerra como herramienta de imposición geopolítica. Aquí, hablar de separatismo exige extremar la cautela, porque los movimientos en regiones como Crimea o el Donbás no pueden entenderse sin la intervención directa de Rusia. No se trata únicamente de tensiones internas o identitarias, sino de un conflicto donde un Estado poderoso utiliza la retórica de la protección de minorías para justificar la ocupación y la invasión de un país soberano. El resultado es devastador: miles de muertos, millones de desplazados y una fractura profunda que difícilmente podrá cerrarse en generaciones.

Comparar estos tres casos sirve, sobre todo, para desmontar la idea de que todos los conflictos separatistas son iguales. No lo son. No lo son en sus causas, en sus métodos ni en sus consecuencias. Equipararlos sin matices no es solo intelectualmente pobre, sino políticamente peligroso, porque normaliza la violencia allí donde no existía o trivializa el sufrimiento allí donde sí fue extremo.

La lección incómoda que dejan Kosovo, Cataluña y Ucrania es que el principio de autodeterminación, tan invocado como mal entendido, nunca opera en el vacío. Siempre choca con fronteras heredadas, equilibrios internacionales, intereses económicos y, sobre todo, con personas reales que viven las consecuencias de cada decisión. Defender el diálogo, la legalidad democrática y la protección de los derechos humanos no es una postura tibia: es una posición firme frente a quienes reducen conflictos complejos a eslóganes simples.

A este mapa complejo conviene añadir Chechenia (1), un caso que incomoda porque rompe muchos de los relatos simplificados con los que solemos abordar el separatismo. Chechenia quiso independizarse tras la caída de la URSS, como tantas otras regiones, pero la respuesta del Estado ruso fue una guerra devastadora que arrasó ciudades enteras y normalizó un nivel de violencia que Europa creía superado. Aquí no hubo reconocimiento internacional, ni mediaciones exitosas, ni un proceso político que permitiera encauzar el conflicto: hubo aplastamiento militar, miedo y una reconstrucción basada en la lealtad forzada al poder central. Chechenia recuerda que cuando el Estado decide que la unidad territorial vale más que la vida de sus ciudadanos, el resultado no es estabilidad, sino silencio impuesto.

Mirados en conjunto, estos casos advierten de un riesgo común: tratar conflictos profundamente humanos como simples problemas de orden. La estabilidad sin justicia es frágil, la unidad impuesta genera resentimiento, y la independencia legítima de un pueblo es un derecho que debe respetarse dentro de un marco democrático. Europa no necesita más mapas rotos ni identidades convertidas en armas; necesita memoria, responsabilidad política y la valentía de aceptar que algunas preguntas no tienen respuestas rápidas, pero sí exigen debates honestos. Ese, quizá, sea el verdadero reto de nuestro tiempo.

Quizá por eso estos conflictos generan tanto ruido y tan poca reflexión. Porque obligan a aceptar que no hay soluciones puras ni modelos exportables, y que cada intento de resolverlos deja siempre pérdidas irreparables. Pero también porque señalan algo que preferimos no mirar de frente: que la estabilidad sin justicia es frágil, que la unidad impuesta genera resentimiento y que la autodeterminación, sin garantías democráticas ni respeto por la vida, puede convertirse en una palabra vacía.

Pensar estos casos con honestidad implica renunciar a los atajos ideológicos. Implica aceptar que no todo referéndum es legítimo, pero tampoco toda frontera es sagrada; que no toda intervención internacional es humanitaria, pero tampoco toda soberanía justifica la violencia; y que la verdadera fortaleza de Europa no debería medirse por su capacidad de mantener territorios intactos, sino por su habilidad para gestionar conflictos sin convertirlos en tragedias.

Chechenia, Kosovo, Cataluña y Ucrania no son piezas intercambiables en un debate televisivo. Son historias humanas atravesadas por decisiones políticas. Y recordarlo no nos hace más débiles: nos hace, al menos, un poco más responsables.

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Reflexión: Irán la promesa rota desde 1979

 La revolución que volvió a encerrar a la libertad

 

La República Islámica de Irán nació en 1979 tras una revolución que prometía justicia social, independencia y dignidad para la población. La caída del Sha fue celebrada por amplios sectores de la sociedad, que vieron en aquel cambio la posibilidad de construir un país más justo. Sin embargo, muy pronto esas expectativas se frustraron.

 

 
Manifestante ondea la bandera del León y el Sol, símbolo de un Irán libre.
 

El nuevo Estado se organizó como una teocracia, un sistema en el que el poder político quedó en manos de líderes religiosos. El ayatolá Ruhollah Jomeini se convirtió en la máxima autoridad del país y, desde el principio, se crearon instituciones como el Consejo de Guardianes, formado por clérigos no elegidos por la ciudadanía y con capacidad para vetar leyes y candidatos. Aunque existían elecciones y parlamento, el margen real de decisión fue siempre muy limitado.

 

Sha y Jomeini 

La represión marcó los primeros años del régimen. Primero se persiguió a los responsables del antiguo sistema, y poco después a partidos laicos, intelectuales, estudiantes y activistas que habían participado en la revolución. Al mismo tiempo, los derechos de las mujeres se vieron gravemente restringidos mediante leyes que regulaban su vestimenta, su conducta y su presencia en el espacio público.

Durante los años ochenta, la guerra contra Irak agravó aún más la situación. El conflicto dejó cientos de miles de muertos y enormes costes sociales y económicos, y sirvió al régimen para reforzar el control interno en nombre de la defensa nacional. Tras la muerte de Jomeini, algunos gobiernos intentaron introducir reformas económicas o suavizar las relaciones internacionales, pero el núcleo del poder religioso nunca se puso realmente en cuestión.

Desde entonces, Irán ha vivido una repetición constante: periodos de esperanza seguidos de desilusión. Presidentes considerados moderados prometieron más libertades y apertura, pero chocaron una y otra vez con el líder supremo y los órganos religiosos, que mantuvieron intacto el carácter autoritario del sistema.

En los últimos años, esta tensión ha estallado con fuerza. Las protestas masivas, protagonizadas sobre todo por mujeres y jóvenes, no reclaman solo cambios puntuales, sino que cuestionan la base misma del régimen. La muerte de una joven bajo custodia policial se convirtió en símbolo del rechazo a la imposición religiosa y a décadas de falta de libertades.

 


Mahsa Amini asesinada por las autoridades de la moral por no llevar correctamente el pañuelo en el año 2022


La respuesta del Estado ha sido dura: detenciones, censura, juicios rápidos y una represión destinada a infundir miedo. A ello se suma una grave crisis económica, agravada por sanciones internacionales y problemas de gestión, que ha erosionado todavía más la legitimidad del gobierno.

Hoy, Irán vive una profunda contradicción. Por un lado, un Estado que se aferra a un modelo teocrático y autoritario; por otro, una sociedad diversa, joven y en constante transformación que reclama derechos, dignidad y futuro. Durante más de cuatro décadas, el régimen ha intentado imponer una identidad única, moral y religiosa, pero el resultado no ha sido estabilidad, sino una tensión permanente entre la norma impuesta y la vida real.

 

 La protesta silenciosa


Esta historia funciona también como una advertencia. Las revoluciones que no aceptan la crítica, que se cierran sobre sí mismas y convierten el poder en dogma, acaban traicionando las aspiraciones que las hicieron posibles. En Irán, la promesa de justicia social se transformó con el tiempo en un sistema rígido, incapaz de adaptarse a su propia sociedad.

Mirar a Irán hoy es, en el fondo, mirar una lucha universal: la de las personas frente a estructuras de poder y abuso que pretenden ser eternas. Es una historia de resistencia cotidiana, de memoria viva y de una ciudadanía que, pese al miedo, sigue reclamando libertad, derechos y dignidad.

El desenlace aún no está escrito. Pero lo que ya resulta evidente es que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente contra su propia gente.

 

 

Alcaraz, A. (2025, 16 de septiembre). El caso de Mahsa Amini en Irán: qué ocurrió, por qué protestó la gente y qué pasa hoy. Amnistía Internacional España.

García Ruiz, Y. (2024, 1 de febrero). Mujeres y revolución en el Irán de los ayatolás. Nueva Revista

Amnesty International. (2026, 9 de enero). Iran: Internet shutdown hides violations in escalating protests (Informe).

Human Rights Watch. (2026, 8 de enero). Iran authorities’ renewed cycle of protest bloodshed.

Reuters. (2026, 13 de enero). UN rights office says hundreds killed in Iran protests

El País. (2026, 14 de enero). El horror de la represión en Irán: “Cortan la luz, matan a la gente con ametralladoras y se llevan los cuerpos”.

The Guardian. (2026, 14 de enero). US and UK military to withdraw some personnel from Middle East amid Iranian threats.

Human Rights Watch. (2025, 16 de septiembre). Iran: Impunity reigns 3 years after crackdown on protests

Díez, F. (2026, 8 de enero). Un profesor español en Teherán acerca la realidad de las protestas en Irán: “Normas, economía, pero también Occidente”. COPE (Mediodía COPE).

La ONU habla de “cientos” de muertos durante las protestas en Irán: “Esta violencia horrible no puede continuar”. (2026, 13 de enero). Cadena SER.

La crisis económica desata protestas en Irán y abre una brecha contra el régimen islámico. (2026, 2 de enero). Tribuna Madrid (EFE).

Renyer, J. (2026, 9 de enero). L’Iran islamista no és la Veneçuela chavista, és molt pitjor i més perillós. Blocs MesVilaWeb.

lunes, 5 de enero de 2026

Reflexión: ¿Seguro que es solo el petróleo?

Venezuela, el nuevo peón del tablero geopolítico mundial

 

Venezuela obliga a mirar más allá de la noticia inmediata y a entender lo que ocurre dentro de un escenario mucho más amplio, donde economía, poder y geopolítica se cruzan de forma cada vez más visible. Durante décadas, el dólar ha sido el eje del sistema económico internacional, sobre todo desde Bretton Woods en 1944, cuando se convirtió en la moneda de referencia del nuevo orden mundial. A partir de ahí, el comercio del petróleo se realizó mayoritariamente en dólares, reforzando de manera clara la influencia global de Estados Unidos y su capacidad para marcar las reglas del juego.

 

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Hoy ese equilibrio empieza a mostrar grietas. Cada vez más países buscan alternativas, utilizan otras monedas como el yuan o el euro y diversifican alianzas en un mundo que ya no gira con la misma claridad alrededor de un único centro de poder. No es una ruptura frontal, pero sí un desgaste lento de un sistema que durante mucho tiempo parecía intocable.

Venezuela se mueve dentro de este proceso, aunque no sea su principal impulsora ni una amenaza decisiva para el sistema global. Su acercamiento a China o Rusia responde tanto a una estrategia política como a una necesidad práctica derivada de las sanciones y del aislamiento internacional. Tener grandes reservas de petróleo da margen de maniobra, pero no significa controlar el mercado ni poder cambiar por sí sola un sistema financiero construido durante décadas. En su caso, confundir potencial con poder real lleva a conclusiones exageradas.

En este contexto, figuras como Delcy Rodríguez no “aceptan” las nuevas reglas por decisión propia, sino porque su margen de maniobra es muy limitado. Estados Unidos mantiene una enorme capacidad de presión económica, financiera y diplomática, y con la captura de Maduro, intentar salir completamente de ese marco sin respaldo sólido implica riesgos enormes. No se trata de sumisión automática, sino de un cálculo estratégico en un tablero global desigual.

China y Rusia juegan una partida distinta. Ambos países impulsan la desdolarización, pero lo hacen con prudencia y a largo plazo. China evita el choque directo: amplía el uso del yuan, firma acuerdos bilaterales y gana influencia sin dinamitar el sistema del que todavía se beneficia. Rusia, más confrontada tras la guerra de Ucrania, acelera ese proceso por necesidad, pero sin capacidad real para imponer un nuevo orden por sí sola. Más que un bloque alternativo, lo que existe es una suma de intereses que coinciden parcialmente.

La Unión Europea, parece la gran despistada, por su parte, sigue atrapada en sus propias contradicciones. Defiende el multilateralismo y cierta autonomía estratégica, pero continúa profundamente vinculada al dólar y a Estados Unidos, especialmente en materia de seguridad. El euro podría ser una alternativa más fuerte, pero la falta de unidad política y de una política exterior coherente limita su papel global. Europa observa el cambio, participa en él de forma tímida, pero rara vez lidera de modo unánime cualquier decisión.

A este tablero se suma un actor clave: el mundo árabe. Lejos de actuar como un bloque homogéneo, las grandes potencias del Golfo, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, mantienen su alianza con Estados Unidos porque les garantiza seguridad y estabilidad, pero al mismo tiempo diversifican relaciones con China y exploran otras monedas sin romper con el dólar. No desafían el sistema, pero tampoco dependen de él como antes. Otros países, como Irán, sí buscan una confrontación más directa, aunque desde una posición frágil y sancionada. El resto del mundo árabe observa, calcula y se adapta, evitando movimientos bruscos.

Reducir la presión internacional sobre Venezuela a una sola causa económica simplifica demasiado una realidad mucho más compleja. En juego hay intereses estratégicos, equilibrios regionales, conflictos internos, rivalidades entre grandes potencias y una competencia constante por recursos y rutas comerciales. Nada de esto responde a una lógica automática ni a una explicación única.

El dólar, además, no se sostiene solo por la fuerza, aunque el poder militar haya acompañado históricamente su expansión. Su peso sigue apoyándose en la confianza de los mercados, en instituciones financieras sólidas y en una inercia global difícil de desmontar de un día para otro. Eso no lo hace invulnerable, pero sí resistente al cambio rápido.

 

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Venezuela, en este sentido, no marca el inicio ni el final de esta transformación. Es más bien un síntoma de un mundo que se reordena sin un rumbo del todo definido, donde las certezas del pasado ya no son absolutas y las nuevas reglas aún están por construirse. Lo que estamos viendo no es una ruptura repentina, sino un proceso largo, tenso y abierto, en el que el poder global se desplaza sin desaparecer por completo.

Al pensamiento surgen muchas preguntas, pero las que más me golpean son estas: ¿Es este un nuevo paradigma en las relaciones internacionales, donde las tensiones por los recursos estratégicos obligarán a redefinir posiciones? ¿Podrá Estados Unidos mantener su papel de matón de colegio sin entrar en un choque directo? Y, más allá de las acusaciones, ¿qué futuro le espera a Venezuela… y a su gente?

Así se mueve el tablero…

 

* Delcy Rodríguez: Vicepresidenta de Venezuela y responsable de la política exterior y estratégica del país en los últimos años, implicada en la gestión de relaciones internacionales y sanciones económicas.

 

Reuters. (5 de enero de 2026). Hungary’s Orban says US intervention in Venezuela good for energy markets. Reuters. 
 
 
The Guardian. (5 de enero de 2026). US foes and allies denounce Trump’s 'crime of aggression' in Venezuela at UN meeting. The Guardian.
 
ElDiario.es. (3 de enero de 2026). Trump: “Vamos a hacer que las grandes petroleras de EEUU gasten millones de dólares en Venezuela…” ElDiario.es.
 
 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Reflexión: Sudáfrica y la Nación Arcoíris: pensar el mundo desde sus grietas

¿Qué nos enseña la Nación Arcoíris?

Pensar Sudáfrica no es mirar un pasado cerrado como quien acaba un libro, sino asomarse a una pregunta que atraviesa el presente global. En su historia se condensan los límites y las posibilidades de la democracia cuando esta convive con desigualdades profundas. No como teoría, sino como experiencia límite vivida. Por eso Sudáfrica importa. No solo para África, sino para un mundo que se dice diverso, libre y democrático, pero que sigue organizado sobre viejas jerarquías.

Durante décadas, el apartheid convirtió el racismo en ley. No fue únicamente una ideología, sino un sistema preciso para decidir quién podía vivir con dignidad y quién debía sobrevivir en los márgenes. Su final, en 1994, fue celebrado como una victoria histórica. La llegada de Nelson Mandela a la presidencia encarnó una apuesta excepcional: que una sociedad marcada por la violencia estructural pudiera elegir la reconciliación en lugar de la venganza, el diálogo frente a la ruptura total.

 

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La Nación Arcoíris, impulsada por Desmond Tutu y defendida por Mandela, nació como un horizonte ético y político. Un país capaz de reconocerse diverso sin convertir la diferencia en exclusión. Once lenguas oficiales, múltiples identidades culturales, religiosas y sociales compartiendo un mismo proyecto democrático. No borrar las diferencias, sino aprender a convivir con ellas sin jerarquizarlas.

 

Mapamundi.online

 

Sin embargo, el tiempo ha mostrado que el arcoíris no se sostiene solo con símbolos. La igualdad legal no ha desmantelado la desigualdad real. Las fronteras del apartheid ya no están escritas en las leyes, pero siguen dibujando el territorio, el acceso a la educación, la distribución de la riqueza y las oportunidades vitales. El pasado continúa organizando el presente de manera silenciosa, pero eficaz.

Aquí Sudáfrica deja de ser un ejemplo lejano y se convierte en un espejo incómodo. Porque no es una excepción, sino un anticipo. Un país que llegó antes a una pregunta que hoy atraviesa a muchas democracias: ¿qué ocurre cuando la libertad política no va acompañada de justicia social? ¿Cuánto puede sostenerse un sistema democrático si millones de personas siguen excluidas de una vida digna?

Mandela entendió que no hay paz sin justicia, pero también que no existe justicia duradera sin humanidad. Su apuesta por el perdón evitó una catástrofe mayor, pero dejó abierta una tensión que sigue viva: la reconciliación sin transformación material tiene límites. El perdón puede cerrar heridas, pero no corrige por sí solo las desigualdades heredadas.

Hoy, Sudáfrica avanza entre luces y sombras. Ha evitado el colapso, mantiene una democracia funcional y ha transformado parcialmente su estructura social. Pero convive con corrupción, desempleo, violencia y un creciente desencanto político. La Nación Arcoíris persiste más como promesa inacabada que como realidad cumplida.

Pensar Sudáfrica es, en el fondo, pensar el futuro de nuestras propias sociedades. Comprender que la diversidad no se gestiona solo con discursos, y que la democracia no se consolida sin redistribución. Si algún día queremos un verdadero mundo arcoíris, hará falta algo más que palabras hermosas. Hará falta asumir que la justicia social no es un añadido moral de la democracia, sino su condición de posibilidad.


 Chickenonline

Mandela, N. (1995). El largo camino hacia la libertad (R. Carretero, Trad.). Barcelona: Planeta.

Tutu, D. (1999). No hay futuro sin perdón (E. Ortega, Trad.). Barcelona: Paidós.

Thompson, L. (2001). A History of South Africa. New Haven: Yale University Press.

El País. (2022, septiembre 23). Sudáfrica, el país del arcoíris.

El Orden Mundial. (2023). Sudáfrica: retrato de la disparidad

El Orden Mundial. (2023). Mapa político de Sudáfrica.

BBC Mundo. (2023, abril 12). Sudáfrica: de Nelson Mandela a Cyril Ramaphosa, la difícil transición de la Nación Arcoíris

Seekings, J., & Nattrass, N. (2005). Class, Race, and Inequality in South Africa. Yale University Press.

Invictus. (2009). Dirección: Clint Eastwood. Estados Unidos: Warner Bros. Pictures. 

   

jueves, 25 de diciembre de 2025

Reflexión: La democracia que no conocimos

Cuando el control se vuelve normal

 

Esta publicación es de esas que no salen de un libro ni de una clase, sino de una conversación entre amigos, sentados tranquilamente, con el ruido de la cafetera de fondo y las tazas sobre la mesa. Nadie estaba intentando dar lecciones a nadie, simplemente hablábamos, saltando de un tema a otro, hasta que en algún momento alguien dijo algo como “al final, tanta libertad tampoco sirve para mucho”, y ahí se hizo un pequeño silencio incómodo. De esos silencios que te obligan a pensar, no porque alguien tenga razón, sino porque intuyes que algo no va bien.

Fuente

 

“Any fool can know. The point is to understand.” — Albert Einstein
(“Cualquier tonto puede saber algo. El punto es entenderlo.”)  

 

Y es curioso cómo, en charlas así, aparece el miedo a que "ésto que llamamos libertad" deje de ser  casi sin nombrarlo. No se habla de dictaduras ni de grandes conceptos, sino de control, de normas cada vez más estrictas, de decisiones tomadas “desde arriba” que supuestamente son por nuestro bien. Se habla de cámaras, de algoritmos, de leyes que limitan protestas, de opiniones que conviene no decir según dónde estés. Todo suena razonable cuando se dice en voz baja, entre sorbos de café, como si fuera simple sentido común. Y sin embargo, ahí está el peligro: cuando empezamos a aceptar que lo que tenemos se parezca cada vez más a una democracia de fachada.

Porque cuando falta una democracia real, no siempre nos someten con violencia directa, sino con rutina y cansancio. Nos somete la autocensura, el pensar dos veces antes de hablar, el medir cada palabra por miedo a la exposición pública o al linchamiento digital. Nos somete la sensación de que no vale la pena participar, de que protestar no sirve, de que las decisiones importantes ya están tomadas. Nos somete la idea de que es mejor adaptarse que incomodar, obedecer que cuestionar, callar que complicarse la vida.

Y lo más inquietante es todo lo que vamos normalizando. Normalizamos que se vigilen nuestros datos, que se controle lo que circula en redes, que se criminalice la protesta social o que se desacredite a quien piensa distinto tachándolo de radical, ingenuo o peligroso. Normalizamos que haya temas intocables, discursos únicos, verdades oficiales. Normalizamos vivir en alerta, asumir que siempre hay alguien observando, evaluando, clasificando. Poco a poco, la libertad deja de ser una experiencia cotidiana y se convierte en un concepto abstracto.

En estas conversaciones entre amigos también aparece una preocupación clara por la juventud. No porque no piense, sino porque ha crecido dentro de este clima y lo ha incorporado como algo normal. Para muchos jóvenes, que se limiten libertades no parece una pérdida, sino una condición del mundo actual. La precariedad, el miedo al futuro y la falta de expectativas hacen que el control se perciba como estabilidad y la autoridad como solución. Así, la pérdida de derechos deja de parecer algo grave y se vuelve aceptable, incluso deseable.

Entre amigos, sin discursos solemnes, se entiende mejor que el problema no es un golpe de Estado ni un dictador con nombre propio, sino esa deriva autoritaria suave, casi cómoda, que avanza sin hacer ruido. Todo se va estrechando poco a poco: lo que se puede decir, lo que se puede cuestionar, lo que se puede defender sin ser señalado. Y eso da miedo, porque significa que no hace falta imponer nada por la fuerza, basta con que nos acostumbremos.

Por eso estas charlas importan tanto. Porque en una mesa cualquiera, con café y confianza, se puede intuir que la democracia no es algo garantizado para siempre, sino un equilibrio frágil que puede vaciarse por dentro. Y porque quizá el mayor riesgo es que dejemos de notar cuándo algo que parecía una democracia deja de serlo de verdad, y aceptemos vivir controlados, limitados y vigilados como si fuera lo normal. A veces basta con que alguien, en mitad de la conversación, diga: “Ojo, esto no es normal”. Y tal vez ahí, en esas conversaciones informales, empiece la verdadera conciencia política.


Para pensar, normalizamos sin darnos cuenta:

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Reflexión: Cuando cumplir la ley significa dejar a la gente en la calle

Lo legal no siempre es lo justo

Reconozco que cada vez que veo un desalojo como el del B9 de Badalona me invade una sensación difícil de esquivar. No es sorpresa, ni indignación puntual: es cansancio. Cansancio de una escena que se repite una y otra vez, con distintos edificios, distintos gobiernos y el mismo final. Personas en la calle. Siempre.

Se nos dice que es la ley. Y es verdad. Pero también es verdad que cumplir la ley no debería implicar dejar a la gente sin techo, y menos aún en pleno invierno. Cuando la ONU señala que este tipo de desalojos vulneran derechos humanos básicos, no está exagerando ni haciendo política partidista. Está recordándonos algo incómodo: que la legalidad, sin responsabilidad, puede convertirse en una forma de violencia institucional.

 

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay

 

Lo que más me inquieta no es que el edificio se desalojara, sino que se hiciera sin una alternativa real. Porque eso no es una falta de recursos; es una elección. Alternativas había, imperfectas, costosas, complejas, sí. Pero existían. Lo que no existía era la voluntad de asumir el precio político de aplicarlas.

Y aquí viene la parte más incómoda de decir en voz alta: invertir en derechos hoy resta votos. Reubicar personas vulnerables genera conflictos vecinales. Apostar por vivienda social no se traduce en aplausos inmediatos. Defender a personas migrantes sin papeles no da rédito electoral. En cambio, un desalojo policial es rápido, visible y fácilmente vendible como “orden” y “mano firme”. Sale barato, al menos de cara a la galería.

En Badalona gobierna el PP, y eso pesa. Pesa porque el relato elegido ha sido el del control y la ejemplaridad. Pero sería ingenuo pensar que esto es solo cosa de un partido. La crisis de vivienda, la precariedad y la gestión punitiva de la pobreza llevan años construyéndose, con gobiernos de distintos colores mirando hacia otro lado. Lo que cambia ahora es que ya no se intenta disimular.

Me preocupa el mensaje que se normaliza: que hay vidas para las que siempre “no hay alternativa”, que la exclusión se gestiona con policía y que el sufrimiento puede contabilizarse como daño colateral aceptable. Me preocupa porque esto no soluciona nada. Solo desplaza el problema, lo endurece y nos acostumbra a mirar sin ver.

A veces se presenta todo esto como realismo político. Yo lo veo más bien como renuncia. Renuncia a hacer política en serio, a largo plazo, con responsabilidad. Renuncia a sostener que los derechos no dependen de encuestas. Renuncia, en el fondo, a una idea mínima de justicia.

El desalojo del B9 no es solo una historia sobre un edificio. Es un espejo incómodo. Nos devuelve la imagen de un modelo de ciudad —y de democracia— que prefiere no pagar el precio de cuidar, aunque eso signifique aceptar que algunas personas queden, literalmente, fuera.


Pensar que todo esto no nos afecta es una idea tentadora, casi tranquilizadora. Pero no es cierta. Nos afecta, aunque no siempre lo notemos de inmediato.

Nos afecta porque normaliza que los derechos sean frágiles y condicionados, algo que hoy recae sobre otros, pero que mañana puede alcanzarnos a cualquiera. Nos afecta porque una ciudad que gestiona la pobreza con desalojos y no con soluciones se vuelve más tensa, más desconfiada, menos habitable para todos.

Nos afecta también de una forma muy concreta: lo pagamos igual. Si no se invierte en vivienda y prevención, se acaba gastando más en emergencias, policía y servicios colapsados. La exclusión no desaparece; solo se desplaza y se encarece.

Y nos afecta, sobre todo, porque nos acostumbra a mirar hacia otro lado. A aceptar que dejar a personas en la calle es un daño colateral asumible. Cuando eso pasa, no solo se pierde justicia: se erosiona la vida en común, que es, al final, la única que tenemos.

 

Relatores de la ONU condenan el desalojo en Badalona y el «discurso estigmatizador» de las autoridades. (19 de diciembre de 2025). EFE via Swissinfo.

El Nacional. (19 de diciembre de 2025). ¿Apruebas el desalojo del instituto B9 de Badalona?

El Periódico. (20 de diciembre de 2025). Desalojados del B9 de Badalona acampan en la salida de la C‑31 y el alcalde anuncia que desmontará sus tiendas.

RTVE. (17 de diciembre de 2025). Los Mossos desalojan en Badalona el mayor asentamiento de migrantes de Cataluña.  

Badalona Comunicació. (17 de junio de 2024). Serveis Socials continuarà atenent algunes de les persones que ocupen el B9 un cop desallotjat