¿Qué queda del Camino de Santiago? Un camino que ha cambiado, pero seguimos buscando

El Camino de Santiago hoy: masificación, peregrinos y un camino que ya no es el mismo

Hoy existen muchos Caminos: el Francés, el Portugués, el Inglés, el del Norte, el Primitivo, la Vía de la Plata y tantos otros itinerarios que, desde lugares diferentes, terminan encontrándose en una misma dirección, cada uno con su historia, sus paisajes y sus propias huellas. Y allí donde hay un peregrino existe también una oportunidad económica, algo que después de varios Caminos a mis pies percibo cada vez con mayor claridad, porque basta caminar unos días para comprobar hasta qué punto pueblos, negocios y servicios han aprendido a vivir al ritmo de quienes pasan.

 

Señalización del Camino de Santiago junto al Santuario de Nuestra Señora de A Esclavitude, en Padrón (A Coruña). Las flechas amarillas siguen marcando el camino, aunque hoy sean también uno de sus elementos más reconocibles. 

 

No es necesariamente algo negativo. El Camino genera empleo, mantiene abiertos establecimientos, da vida a pequeñas localidades y, en algunos casos, contribuye a conservar un patrimonio que necesita estar habitado y cuidado para no convertirse en una simple fotografía del pasado. Pero, mientras camino, cada vez me acompaña más una pregunta: ¿qué sucede cuando todo empieza a organizarse alrededor del peregrino?

 

Santuario de Nuestra Señora de A Esclavitude, en Padrón (A Coruña). Un templo que todavía ofrece al peregrino algo tan sencillo —y tan valioso— como encontrar una puerta abierta al paso del camino.

 

Porque una cafetería, un alojamiento, una tienda, un servicio para transportar mochilas, una lavandería o un restaurante responden, individualmente, a necesidades perfectamente comprensibles; sin embargo, cuando se multiplican hasta el punto de que parece que cada pocos metros hay algo preparado para nosotros, aparece una extraña contradicción: quizá hemos conseguido que el Camino sea mucho más cómodo, pero también corremos el riesgo de convertirlo en un lugar donde cada necesidad está prevista antes incluso de que aparezca.

Y, sin embargo, cuando caminas, descubres que no siempre es eso lo que buscas.

Claro que quieres encontrar un lugar donde tomar un café después de varias horas de marcha, sentarte un rato, descansar los pies y recuperar fuerzas, pero probablemente terminarás recordando menos el café que la persona que te lo sirvió, aquella conversación que comenzó casi por casualidad, el pequeño bar donde cuatro vecinos jugaban tranquilamente a las cartas mientras los peregrinos iban y venían, o aquella mujer que, desde la puerta de su casa, te indicó dónde podías encontrar agua sin esperar absolutamente nada a cambio.

Y eso, os lo prometo, es una de las cosas que siento que estamos perdiendo a una velocidad preocupante.

Porque quizá el verdadero atractivo del Camino se encuentre precisamente en aquello que todavía no ha sido preparado para nosotros; en aprender a mirar más allá de esa sucesión interminable de mochilas, botas, bastones y cuerpos cansados que, después de horas caminando bajo el sol, la lluvia o el frío, llevan consigo todos los olores de una humanidad llevada al límite, para recordar que detrás de cada mochila hay una persona que está realizando un esfuerzo físico y mental por una razón que probablemente nunca llegaremos a conocer.

 

Interior del Mercado de Abastos de Pontevedra. Un espacio cotidiano donde el Camino también se encuentra con la vida de las ciudades y con quienes las habitan.

 

Y entonces ocurre algo muy sencillo: esa persona entra en tu pequeño bar, se sienta, pide un café, una cerveza o simplemente un vaso de agua y, durante unos minutos, deja de ser una de las muchas figuras que avanzan por el camino para convertirse en alguien concreto, alguien con quien compartes un instante de tu vida cotidiana. 

Quizá ahí esté una de las formas más hermosas de hospitalidad que todavía conserva el Camino.

Aunque también nosotros hemos cambiado, y con nosotros ha cambiado la manera de relacionarnos con quienes encontramos. Durante siglos, la hospitalidad formó parte esencial de la peregrinación, pero hoy vivimos con una conciencia mucho mayor de los riesgos y sabemos que la confianza, por necesaria que sea, también necesita límites. Ya no resulta tan sencillo aceptar la invitación de un desconocido, entrar en una casa porque alguien nos ofrece ayuda o seguir a una persona que acabamos de conocer sin preguntarnos antes si estamos seguros, y quizá no sea porque la gente sea menos amable, sino porque hemos aprendido que incluso la amabilidad necesita ser mirada con cierta prudencia.

Así camina el peregrino contemporáneo entre dos necesidades que parecen contradictorias: desea encontrarse con la gente, pero también necesita protegerse; busca la espontaneidad, pero consulta mapas, aplicaciones, reseñas y recomendaciones antes de llegar; quiere descubrir qué habrá después de la siguiente curva, pero al mismo tiempo puede saber con bastante precisión dónde dormirá, dónde comerá y cuántos kilómetros le quedan.

Incluso nuestra manera de perdernos ha cambiado.

Tenemos más información que nunca para recorrer el Camino y, sin embargo, quizá tengamos cada vez menos ocasiones para dejarnos sorprender por él.

Porque todavía hay algo profundamente hermoso en no saber exactamente dónde terminarás comiendo, quién se sentará a tu lado, qué paisaje aparecerá cuando el camino gire, qué pequeña iglesia encontrarás abierta o qué conversación terminará formando parte de tus recuerdos mucho después de haber regresado a casa.

 


Hórreo tradicional gallego junto al Camino de Santiago. Estas construcciones, ligadas históricamente a la vida rural, forman parte de ese paisaje cotidiano que también construye la experiencia más tradicional del peregrino.
 

Y cuando todo está excesivamente organizado, señalizado, comercializado y previsto, el Camino corre el riesgo de convertirse en algo perfectamente cómodo, pero mucho menos memorable.

Hemos hecho el Camino más fácil de recorrer, pero quizá también más difícil de descubrir.

No porque descubrirlo signifique necesariamente perderse, sino porque significa dejar un pequeño espacio para que algo suceda sin que nosotros lo hayamos buscado.

Una portada románica que nos hace detenernos aunque tengamos prisa, un monasterio que aparece entre la niebla, un puente que continúa tendido sobre el río después de tantos siglos, una fuente junto a la que descansamos, una iglesia cuya puerta permanece abierta cuando pensábamos seguir de largo. Para quien mira desde la Historia del Arte, además, caminar hacia Santiago significa atravesar un paisaje construido por generaciones, donde las iglesias, los hospitales de peregrinos, los monasterios, los puentes, los cruceros y las pequeñas arquitecturas rurales no son simples elementos decorativos, sino fragmentos de una historia que todavía podemos tocar.

Pero tampoco debemos engañarnos: el Camino que recorremos hoy no es exactamente el que recorrieron aquellos peregrinos.

Los trazados han cambiado, algunos caminos históricos han desaparecido o han sido modificados por carreteras, crecimiento urbano, nuevas infraestructuras o cuestiones de seguridad, otros han sido recuperados y, además, hoy existen muchos Caminos que parten de territorios diferentes y que responden a historias distintas. El Camino nunca fue una línea inmóvil dibujada sobre el territorio desde la Edad Media; siempre estuvo sujeto a las circunstancias, a las personas y a las necesidades de cada época.

 

Fachada del Obradoiro de la Catedral de Santiago de Compostela, portalada occidental del templo. Durante siglos, este espacio ha sido uno de los grandes destinos de la peregrinación jacobea.

 

Quizá, por tanto, no tenga sentido buscar un Camino completamente auténtico, detenido en algún momento del pasado, porque el Camino siempre ha sido cambio.

Lo que ocurre ahora es que ese cambio tiene una velocidad y una dimensión que quizá nunca había tenido.

Y, a pesar de todo, seguimos caminando.

Después de horas, cuando las piernas pesan y los pies empiezan a protestar, cuando el paisaje parece repetirse y Santiago todavía queda demasiado lejos, puede aparecer algo que no figuraba en ninguna aplicación: alguien que nos habla, una iglesia que encontramos abierta desde las 7 de la mañana, un vecino que nos ofrece agua, una conversación que empieza con una pregunta cualquiera y termina ocupando un lugar inesperado en nuestra memoria, o simplemente un paisaje ante el que nos detenemos sin saber muy bien qué nos ha hecho parar.

El Camino todavía puede sorprendernos.

Y quizá sea precisamente eso lo que continúa enganchándonos.

No porque conserve intacta una supuesta magia medieval, ni porque todos vayamos buscando una experiencia espiritual, ni siquiera porque Santiago sea necesariamente el destino más importante del viaje. Cada persona llega al Camino desde un momento diferente de su vida y con una razón que solo ella conoce; algunos buscan respuestas, otros necesitan distancia, otros compañía y otros simplemente quieren caminar.

Pero todos podemos encontrarnos con algo que no habíamos previsto.

Tal vez caminamos buscando una respuesta y encontramos otra cosa; tal vez creemos que recordaremos un paisaje y acabamos recordando a una persona; tal vez pensamos que lo importante será llegar y descubrimos, al final, que lo que permanece es aquella conversación mantenida en un pequeño bar, aquella iglesia románica a la que entramos casi por casualidad o aquella mañana en la que, sin saber exactamente por qué, todo pareció tener sentido mientras caminábamos.

Quizá eso sea lo que todavía tiene el Camino y que ninguna aplicación puede ofrecernos: la posibilidad de que algo ocurra sin haberlo programado, de que alguien se cruce en nuestro camino y deje una pequeña huella, de que un paisaje nos detenga, de que una conversación nos acompañe durante kilómetros.

Y mientras conserve esa capacidad de introducir algo inesperado en una vida que fuera del Camino tenemos cada vez más organizada, planificada y anticipada, quizá la magia no haya desaparecido.

Quizá, sencillamente, haya cambiado de lugar.

 

Altar mayor de la Catedral de Santiago de Compostela, corazón litúrgico de uno de los grandes santuarios de peregrinación de Occidente.

 


Si has llegado hasta aquí, uf... me he venido arriba y he acabado haciendo otro Codex Calixtinus. Tiene convalidada una Compostela, de mi parte, por lo menos.

Ultreia et Suseia.

 

 

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