Reflexión: ¿Alemania olvidó el nazismo?

Sobre la memoria, los muertos bajo tierra y una Europa que vuelve a tener miedo

 

Hay preguntas que no han dejado de rondarme la cabeza desde los resultados que dieron una contundente victoria a AfD, la formación de ultraderecha alemana que en los últimos años ha ido ocupando un espacio cada vez más radical dentro de la política del país, y desde los importantes datos de participación, cercana al 78 %, registrados en las elecciones del pasado 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt. Precisamente porque no tienen una respuesta sencilla, son de esas preguntas que uno lanza a la conversación casi sin saber muy bien dónde quiere llegar, pero que después continúan dando vueltas, porque cada respuesta abre una nueva duda. Y esta es una de ellas: ¿ha olvidado Alemania el nazismo?

La pregunta puede parecer injusta, incluso provocadora, porque pocas sociedades europeas han hecho tanto esfuerzo por enfrentarse a su propio pasado como Alemania. Allí, con gran diferencia de otros países, la memoria del nazismo no ha sido escondida debajo de una alfombra ni convertida en una historia incómoda que se menciona únicamente en los libros de texto y se estudia de pasada. Está presente en las escuelas, en los museos, en los lugares de memoria, en las placas que aparecen en las calles y en los monumentos que forman parte del paisaje cotidiano de sus ciudades. Alemania ha asumido, con una contundencia que merece ser reconocida, una responsabilidad histórica que durante décadas parecía inseparable de su identidad democrática. 

 

Ulrich Siegmund, candidato principal de AfD en Sajonia-Anhalt, durante su discurso tras la victoria del partido en las elecciones regionales del 6 de septiembre de 2026. AfD obtuvo el 43,8 % de los votos, pero quedó a tres escaños de la mayoría absoluta y todavía necesita apoyos para poder formar Gobierno. (13 de septiembre de 2026)

 

Por eso precisamente me inquieta lo que está sucediendo.

No porque crea que Alemania esté regresando al año 1933, una comparación que considero históricamente incorrecta y que además corre el riesgo de banalizar la especificidad de aquel régimen y de aquella época, sino porque una parte cada vez más importante de la sociedad alemana está depositando su confianza en una fuerza política de extrema derecha que durante mucho tiempo había permanecido en los márgenes, con un gran esfurezo, del sistema político. Y entonces la pregunta vuelve a aparecer, quizá de una manera distinta: ¿qué significa realmente recordar cuando el pasado deja de ser una experiencia vivida y comienza a convertirse en patrimonio, en educación, en monumento y, finalmente, en paisaje? Un paisaje al que nos acostumbrasmos.

Quizá Alemania no haya olvidado el nazismo.

Quizá lo que está ocurriendo sea algo más complejo y, por eso mismo, más difícil de comprender.

 

Los muertos bajo nuestros pies

Hay un lugar en Berlín al que vuelvo mentalmente cada vez que pienso en esta cuestión: el Memorial a los Judíos Asesinados de Europa, ese enorme espacio formado por miles de bloques de hormigón que se extiende en pleno corazón de la ciudad, muy cerca de la Puerta de Brandeburgo. Es un monumento difícil de explicar porque, en realidad, no representa aquello que pretende recordar. No encontramos allí cuerpos, rostros, escenas de persecución ni imágenes capaces de conducirnos directamente hacia el horror del Holocausto; encontramos únicamente una sucesión aparentemente interminable de bloques de diferentes alturas, dispuestos sobre una superficie que poco a poco modifica nuestra percepción del espacio mientras caminamos entre ellos.

 

Memorial a los Judíos Asesinados de Europa en Berlín, formado por bloques de hormigón de diferentes alturas.
Memorial a los Judíos Asesinados de Europa, en Berlín. Un lugar concebido para mantener viva la memoria del Holocausto y que, integrado en el corazón de la ciudad, plantea también una pregunta: ¿cómo recordamos cuando el recuerdo forma parte de nuestra vida cotidiana?

 

Al principio todavía podemos ver la ciudad que nos rodea, pero a medida que avanzamos el terreno desciende y los bloques comienzan a elevarse a nuestro alrededor, hasta que las calles, los edificios y las personas quedan parcialmente ocultos y aparece una sensación extraña de aislamiento y desorientación. Es una decisión arquitectónica inteligente, porque no pretende explicarnos lo sucedido, sino provocar en nosotros una determinada experiencia espacial, aunque también me parece profundamente ambigua, precisamente porque un lugar concebido para recordar a millones de personas asesinadas termina formando parte de una ciudad viva, turística y cotidiana, donde la memoria convive inevitablemente con el movimiento de quienes siguen adelante.

Porque allí no están los muertos.

 

Los muertos están bajo tierra y nosotros estamos arriba.

Nosotros seguimos caminando entre los bloques mientras hablamos, consultamos el teléfono, esperamos a alguien que se ha quedado atrás o buscamos el ángulo adecuado para una fotografía. Después salimos del recinto y Berlín continúa alrededor de nosotros con absoluta normalidad: los coches circulan, los turistas caminan, las cafeterías están llenas y la ciudad sigue viviendo sobre la memoria de quienes estuvieron allí antes que nosotros.

Y quizá tenga que ser así, porque ninguna sociedad puede permanecer eternamente detenida frente a sus muertos. La vida tiene que continuar, incluso cuando lo que recordamos es precisamente aquello que nos recuerda hasta qué punto puede ser destruida.

Sin embargo, hay algo que me produce cierta decepción cuando veo fotografías de personas sonrientes sentadas sobre los bloques, apoyadas en ellos o saltando de uno a otro para conseguir la imagen perfecta. No quiero juzgarlas con demasiada facilidad, porque una fotografía no nos permite saber qué piensa realmente quien aparece en ella. Lo que me interesa es otra cosa: ¿qué nos dice esa sonrisa sobre nuestra relación con la memoria?

 

Visitantes caminan entre las estelas de hormigón del Memorial del Holocausto de Berlín.
Los muertos permanecen simbólicamente bajo nuestros pies mientras los vivos seguimos caminando. El Memorial del Holocausto de Berlín convierte la memoria en un espacio cotidiano y nos obliga a preguntarnos qué significa realmente recordar.

 

Quizá el problema no esté en hacerse una fotografía, sino en el momento en que el horror comienza a convertirse en paisaje; cuando aquello que fue construido para hacernos detener y pensar acaba incorporándose al itinerario turístico como una plaza, una iglesia o cualquier otro lugar que visitamos, fotografiamos y abandonamos.

Y entonces aparece una pregunta que me interesa mucho más que juzgar a quienes visitan el memorial: ¿qué ocurre cuando la memoria se convierte en monumento?

Los muertos permanecen simbólicamente bajo nuestros pies mientras los vivos seguimos caminando. El Memorial del Holocausto de Berlín convierte la memoria en un espacio cotidiano y nos obliga a preguntarnos qué significa realmente recordar.

Porque recordar no significa necesariamente comprender. Podemos conocer las fechas, los nombres, las cifras y los lugares donde ocurrió una tragedia y, sin embargo, no haber comprendido todavía aquello que permitió que sucediera. La verdadera memoria quizá comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué ocurrió y empezamos a preguntarnos cómo fue posible que ocurriera.

Por eso, el valor de un memorial no debería medirse solo por la solemnidad con la que lo visitamos, ni por si guardamos silencio o nos hacemos una fotografía, sino por aquello que somos capaces de pensar después de abandonarlo.

Los muertos no necesitan que permanezcamos eternamente en silencio ante sus monumentos.

Necesitan que no dejemos de preguntarnos cómo fue posible que murieran.

 

La vida es bella y la necesidad de hacer habitable el horror

Hay otra obra que inevitablemente me viene a la cabeza cuando pienso en nuestra manera de representar el Holocausto: La vida es bella, de Roberto Benigni. Y aquí mi posición es mucho menos complaciente que la que suele acompañar a esta película. Siempre he tenido la sensación de que hay algo profundamente cínico en su manera de acercarse al Holocausto, precisamente porque transforma una realidad de exterminio, humillación y muerte en una historia sentimental construida alrededor del amor de un padre por su hijo.

Entiendo la intención de Benigni: proteger la inocencia del niño mediante la imaginación y convertir ese juego en un último acto de amor. Pero precisamente ahí encuentro el problema. El campo de concentración, concebido para destruir personas, aparece filtrado por una fábula que permite al espectador emocionarse, sonreír y finalmente llorar. No porque la película se burle de las víctimas ni niegue lo ocurrido, sino porque considero inquietante que uno de los mayores crímenes de la historia pueda convertirse en una narración capaz de hacernos sentir bien mientras contemplamos una tragedia que debería resultarnos insoportable.

 


 

Y quizá por eso esta película me lleva de nuevo a la cuestión de la memoria. Necesitamos representar el pasado, pero cuando el horror se vuelve demasiado hermoso, emotivo o accesible, corremos el riesgo de consumirlo como cultura y dejar de sentir aquello que debería interpelarnos.

Tal vez esa sea también una de las preguntas que plantea el avance de AfD: no si Alemania ha olvidado el nazismo, sino si una parte de la sociedad empieza a relacionarse con aquel pasado desde una distancia suficiente como para que sus lecciones pierdan fuerza. No porque la historia se repita, sino porque puede dejar de interpelarnos cuando se convierte únicamente en monumentos, películas, fotografías y páginas de los libros de historia.

Por eso, para mí, La vida es bella plantea una pregunta obligada: ¿cuándo una representación del horror deja de ayudarnos a recordar y empieza, aunque sea involuntariamente, a hacerlo soportable?

Porque quizá recordar de verdad no debería hacernos sentir cómodos.


El inmigrante como el rostro visible de una incertidumbre mucho más profunda

Resulta imposible entender lo que está ocurriendo en Alemania sin detenerse en la cuestión migratoria, aunque quizá el error más frecuente sea pensar que el debate gira únicamente alrededor de la inmigración. En realidad, los inmigrantes han terminado convirtiéndose, para una parte de la sociedad, en el rostro visible de miedos que nacieron mucho antes y que tienen raíces mucho más profundas que la llegada de personas procedentes de otros países.

La decisión de Angela Merkel de abrir las puertas de Alemania a más de un millón de refugiados en 2015 fue recibida en aquel momento como un gesto de enorme responsabilidad humanitaria y como una reafirmación de los valores sobre los que Europa decía haberse construido después de la Segunda Guerra Mundial. Para muchos simbolizaba la obligación moral de proteger a quienes huían de la guerra y de la persecución; para otros marcó el inicio de un cambio demasiado rápido, una sensación de que el país estaba transformándose sin que existiera un debate suficiente sobre cómo integrar aquella realidad. Once años después, aquella decisión continúa dividiendo a la sociedad alemana y sigue siendo uno de los grandes referentes del discurso político de AfD. 

Sin embargo, reducir el crecimiento de la extrema derecha a la inmigración sería una explicación demasiado simple para un fenómeno mucho más complejo. Con el paso de los años, la inmigración ha terminado funcionando como un recipiente donde se depositan preocupaciones muy distintas entre sí: la dificultad para acceder a la vivienda, el encarecimiento de la vida, la presión sobre algunos servicios públicos, la inseguridad económica, la pérdida de identidad cultural o la sensación de que el Estado ya no es capaz de garantizar el bienestar que prometía. Problemas reales y problemas percibidos acaban mezclándose hasta formar un único relato, y ese relato resulta políticamente muy poderoso porque ofrece una explicación aparentemente sencilla para una realidad llena de matices.

Hay un dato que invita precisamente a la prudencia: el voto a AfD fue especialmente fuerte en las zonas rurales y económicamente más vulnerables, y no puede explicarse únicamente por la presencia de población inmigrante. Los propios análisis electorales señalan que entre las principales preocupaciones de sus votantes aparecen tanto la inmigración como la situación económica.

Esto nos recuerda que la política no se construye únicamente sobre hechos objetivos, sino también sobre emociones, percepciones, experiencias personales y relatos compartidos. Las personas reaccionan tanto ante lo que viven como ante la manera en que interpretan aquello que viven, y entre ambas cosas existe a menudo una distancia considerable.

Quizá por eso el miedo necesita siempre un rostro reconocible. Las grandes incertidumbres económicas, sociales o culturales son difíciles de explicar porque tienen múltiples causas y casi nunca ofrecen soluciones inmediatas. En cambio, señalar a un grupo concreto como responsable de ese malestar simplifica el relato y proporciona una sensación de control. La historia europea conoce demasiado bien ese mecanismo como para ignorarlo, aunque también sería un error pensar que aparece siempre de la misma manera o bajo las mismas circunstancias.

 


 

Cuando cambia el lenguaje, cambia también la política

Lo que ocurre en Alemania no puede entenderse como un fenómeno aislado. Italia, Francia, Países Bajos, Austria o Suecia viven, cada una con su propia historia, el crecimiento de fuerzas nacionalistas y de extrema derecha alimentadas por un clima común de incertidumbre, desconfianza hacia las élites y miedo a un mundo que ha dejado de parecer estable.

No creo que Europa se haya vuelto fascista, ni que estemos regresando mecánicamente a los años treinta. La historia nunca se repite de la misma forma. Lo que sí parece evidente es que está cambiando el lenguaje con el que hablamos de nosotros mismos. Durante décadas, Europa construyó su relato sobre la cooperación, la integración, el Estado del bienestar y la confianza en un futuro cada vez más abierto. Hoy ese vocabulario ha sido sustituido por otro: fronteras, soberanía, seguridad, rearme, identidad y control.

Y quizá ahí se encuentre el verdadero cambio de paradigma. No asistimos únicamente al ascenso de nuevos partidos; asistimos a una Europa que empieza a mirar el futuro con miedo y que busca protección donde antes buscaba apertura.

Por eso vuelve a mi cabeza una y otra vez al Memorial de Berlín. Los bloques de hormigón permanecen inmóviles mientras la ciudad sigue respirando a su alrededor. Hay quien camina en silencio, quien se detiene y quien sonríe para una fotografía. La vida continúa, porque siempre continúa. Pero esa es precisamente la paradoja de la memoria: los muertos ya no pueden avanzar, mientras los vivos seguimos caminando.

Aún,  después de todo este recorrido sigo sin poder responder de manera rotunda a la pregunta que abrió esta reflexión. No creo que Alemania haya olvidado el nazismo. Sería injusto afirmarlo. Lo que creo es algo más simple: la memoria, por sí sola, no basta. Los monumentos, los museos y las escuelas conservan el pasado, pero ninguna sociedad está vacunada para siempre contra el miedo, el resentimiento o la simplificación de la realidad.

Benjamin nos recordó que el pasado nunca deja de interpelar al presente. Adorno advirtió que la cultura no nos hace inmunes frente a la barbarie. Arendt nos enseñó que el mal puede instalarse en la vida cotidiana cuando dejamos de pensar críticamente. Los tres nos dejaron la misma advertencia: la historia continúa viviendo en las decisiones de quienes la heredan.

Tal vez, entonces, la pregunta ya no sea si Alemania ha olvidado el nazismo. Tal vez la pregunta sea otra, mucho más universal: ¿seremos capaces de reconocer las señales del pasado cuando vuelvan a aparecer con otros rostros, otras palabras y otros miedos?

Los muertos seguirán bajo tierra. Nosotros seguiremos caminando. La cuestión es si, mientras avanzamos hacia el futuro, seguiremos siendo capaces de mirar el pasado sin apartar la vista.

 

 

 

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ARTE. (2026, 6 de septiembre). Alemania: la extrema derecha triunfa en las regionales [Vídeo]. ARTE. 

Associated Press. (2026, 6 de septiembre). Far-right AfD party’s landslide win in eastern Germany tests country’s “firewall” against the far right. AP News. 

Reuters. (2026, 6 de septiembre). Far-right AfD posts historic German state election win, exit polls show. Reuters.

Reuters. (2026, 7 de septiembre). Saxony-Anhalt election delivers a blow to Merz and a warning to Europe. Reuters.

The Guardian. (2026, 7 de septiembre). Far-right AfD wins key German state election but falls just short of majority.

Le Monde. (2026, 7 de septiembre). Far right achieves historic result in Germany’s Saxony-Anhalt regional elections.

OSW – Centre for Eastern Studies. (2026, 7 de septiembre). Germany: AfD scores landslide victory in Saxony-Anhalt 

RTVE. (2026, 6 de septiembre). La ultraderecha alemana arrasa en las elecciones de Sajonia-Anhalt y se queda al borde de la mayoría absoluta. RTVE Noticias.

RTVE. (2026, 7 de septiembre). El auge de la ultraderecha en Europa: ¿qué vendrá después del triunfo de AfD en Sajonia-Anhalt? RTVE Noticias.

El País. (2026, 7 de septiembre). ¿Quién ha votado a AfD? Los apoyos de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt por municipio, edad o situación económica. El País.

El País. (2026, 13 de septiembre). La ultraderecha captura el relato político en Europa. El País

 

 

 

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