Reflexión: Gibraltar: por qué es británico y qué tiene que ver con Cataluña

De la Guerra de Sucesión al Tratado de Utrecht: Gibraltar, los intereses británicos y el llamado «caso de los catalanes»

 

Gibraltar está ahí, en el extremo sur de la península Ibérica, junto al estrecho que conecta el Mediterráneo con el Atlántico, y lleva más de tres siglos bajo soberanía británica. Nos hemos acostumbrado a verlo como una especie anomalía en el mapa de España, un pequeño territorio con bandera británica a pocos kilómetros de la costa africana, pero ¿cómo llegó a convertirse en una posesión de la Corona británica? 

Para entenderlo tenemos que viajar hasta comienzos del siglo XVIII, cuando una guerra por la sucesión al trono español terminó cambiando el mapa de Europa y dejó tras de sí una historia en la que se cruzan conquistas militares, intereses comerciales, promesas políticas y el destino de Cataluña.

 

Autor desconocido · Escuela francesa o española · 1704–1730 · Óleo sobre pergamino. Museo Naval

 

Una muerte que cambió el rumbo de Europa

Todo comenzó con la muerte de Carlos II,  el Hechizado, el último monarca español de la casa de Austria, que falleció en 1700 sin descendencia. El problema era que la Monarquía Hispánica no consistía únicamente en los territorios de la península, sino que incluía también numerosas posesiones europeas y un enorme imperio ultramarino, de modo que decidir quién heredaría aquella corona significaba, en realidad, decidir quién tendría una enorme influencia sobre el equilibrio de poder europeo.

En su testamento, Carlos II había designado heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, que subió al trono como Felipe V y se convirtió en el primer rey de la dinastía borbónica en España. La decisión pretendía mantener unidos los territorios de la Monarquía Hispánica, pero despertó inmediatamente las sospechas de otras potencias europeas, que temían que la unión de intereses entre Francia y España otorgara a los Borbones una fuerza difícil de contrarrestar.

Por eso, lo que inicialmente parecía un problema de sucesión familiar terminó convirtiéndose en una guerra internacional. 

Inglaterra —que desde 1707 formaría parte de Gran Bretaña junto con Escocia—, las Provincias Unidas y el Imperio austríaco apoyaron al archiduque Carlos de Austria, otro candidato al trono español  vacante, frente a Felipe V. A partir de entonces, Europa quedó dividida entre dos grandes bloques, aunque las alianzas y los objetivos de cada potencia eran bastante más complejos que una simple lucha entre partidarios de uno u otro rey.

Y es que detrás de los argumentos puramente dinásticos también estaban, todo aquello de verdadero interés, el comercio, el control de las rutas marítimas, la posesión de territorios estratégicos y el temor a que una sola dinastía acumulara demasiado poder. La guerra se libraba en los campos de batalla, pero también en los despachos diplomáticos, donde cada potencia calculaba qué podía ganar, qué estaba dispuesta a sacrificar y hasta dónde le interesaba mantener el conflicto.

 

Cataluña entra en escena

En la península, la guerra no enfrentó únicamente a dos candidatos al trono, sino que también puso de manifiesto las diferencias políticas entre los territorios de la Monarquía Hispánica. Mientras Felipe V encontró un apoyo importante en Castilla, en Cataluña fue creciendo el respaldo al archiduque Carlos, una opción que no se explica solo por la preferencia hacia un rey u otro, sino también por el temor a perder unas instituciones y unas leyes propias que formaban parte de la tradición política catalana.

Hablo de sus constituciones y unas instituciones que limitaban el poder del monarca en cuestión y establecían una forma particular de relación entre el rey y el territorio. El modelo borbónico, muy influido por el sistema de gobierno francés, se asociaba a una mayor centralización política, y eso despertaba inquietud entre quienes temían que la llegada de Felipe V supusiera el final de aquel marco institucional.

 

H. Vale, El auxilio de Barcelona, 30 de abril de 1706. Royal Museums Greenwich

 

En este contexto, los partidarios catalanes del archiduque buscaron el apoyo de Inglaterra, que tenía sus propios motivos para intervenir en la guerra. En 1705 se firmó el llamado Pacto de Génova, un acuerdo por el que representantes catalanes se comprometieron a apoyar la causa austracista a cambio de ayuda militar británica y de garantías para conservar las constituciones y libertades catalanas en caso de que Felipe V acabara imponiéndose.

La alianza parecía ofrecer una salida favorable a ambas partes: los catalanes obtenían un aliado poderoso para defender su posición y los británicos reforzaban su presencia en la península, debilitaban a los Borbones y ganaban apoyos en una guerra que también les interesaba por razones estratégicas y comerciales. Sin embargo, había una diferencia fundamental entre los objetivos de unos y otros: para muchos catalanes estaba en juego la continuidad de su sistema político, mientras que para Gran Bretaña la cuestión catalana formaba parte de una estrategia internacional mucho más amplia.

Esa diferencia no tenía por qué resultar evidente en aquel momento, pero acabaría siendo decisiva cuando las circunstancias de la guerra cambiaran.

 

Gibraltar, una roca con un enorme valor estratégico

Mientras la guerra avanzaba por distintos territorios europeos, Gibraltar se convirtió en uno de los puntos estratégicos de la campaña peninsular. Su posición junto al estrecho, por donde pasan los barcos que entran y salen del Mediterráneo, le otorgaba un valor militar extraordinario, ya que controlar aquel enclave permitía vigilar una de las principales rutas marítimas entre el sur de Europa, el Atlántico y el norte de África.

 

 

John Singleton Copley · El Gran Sitio de Gibraltar, hacia 1783

 

En agosto de 1704, una fuerza aliada formada por ingleses y neerlandeses, bajo el mando del almirante George Rooke, tomó Gibraltar en nombre de la Gran Alianza y en el contexto de la guerra por la sucesión española. La conquista se produjo mediante una operación militar, tras un bombardeo y la rendición de la plaza, y no mediante una entrega voluntaria de España a cambio de un beneficio concreto.

La ocupación tuvo consecuencias inmediatas para la población local, parte de la cual abandonó Gibraltar y se instaló en los alrededores, especialmente en la zona de lo que hoy es San Roque. El territorio quedó bajo control aliado, consolidando la presencia británica, aunque todavía faltaba un paso importante para que aquella situación militar se convirtiera en una cesión reconocida internacionalmente.

Ese paso llegaría con el final de la guerra, cuando las potencias vencedoras comenzaron a negociar una paz que no se limitaría a decidir quién ocuparía el trono español, sino que repartiría territorios, establecería nuevas relaciones comerciales y trataría de fijar un nuevo equilibrio entre las grandes potencias europeas.

 

Cuando la paz empezó a interesar más que la guerra

A medida que avanzaban los años, el conflicto se volvía cada vez más costoso y las circunstancias políticas comenzaron a cambiar. En Gran Bretaña ganaron peso los partidarios de poner fin a la guerra, que consideraban que había llegado el momento de convertir los esfuerzos militares en ventajas concretas, especialmente en el terreno comercial y territorial.

Además, en 1711 se produjo un acontecimiento que alteró los cálculos de los aliados: el archiduque Carlos heredó los territorios de los Habsburgo y se convirtió en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con el nombre de Carlos VI. Si también hubiera conseguido la corona española, habría acumulado una cantidad de poder que podía resultar tan preocupante para otras potencias como la posibilidad de que España y Francia quedaran vinculadas bajo la dinastía borbónica.

El equilibrio europeo que había justificado la entrada en guerra empezaba, por tanto, a ser diferente. Gran Bretaña ya no veía con los mismos ojos la posibilidad de prolongar indefinidamente el conflicto para conseguir que el archiduque reinara en España, y comenzó a negociar una salida que le permitiera asegurar sus propios intereses.

Las conversaciones culminaron en los tratados de Utrecht de 1713, un conjunto de acuerdos que puso fin a buena parte de la Guerra de Sucesión Española, aunque algunos enfrentamientos continuaran después. Felipe V fue reconocido como rey de España, con la condición de que las coronas española y francesa no se unieran bajo un mismo monarca, mientras que las potencias vencedoras obtuvieron importantes compensaciones territoriales y económicas.

Gran Bretaña consiguió ventajas comerciales, entre ellas el asiento de negros —el monopolio contractual para suministrar esclavos africanos a la América española durante un periodo determinado— y el llamado navío de permiso, que le permitía introducir mercancías en los dominios americanos de España dentro de las condiciones pactadas. También consolidó su posición en el Mediterráneo mediante la adquisición de Gibraltar y Menorca, dos territorios de gran interés para su estrategia naval.

La paz, por tanto, no fue simplemente el reconocimiento de Felipe V como rey, sino una reorganización de las relaciones entre las potencias europeas, en la que cada una trató de obtener el máximo beneficio posible de una guerra que ya no parecía conveniente continuar en los mismos términos.

 

Utrecht: Gibraltar pasa a la Corona británica

Fue en ese contexto cuando Gibraltar quedó incorporado jurídicamente a los dominios británicos. El artículo X del Tratado de Utrecht estableció que la Corona española cedía a la británica la plena y entera propiedad de la ciudad y el castillo de Gibraltar, junto con su puerto, defensas y fortalezas, con determinadas condiciones recogidas en el propio tratado.

Conviene detenerse en este punto porque a menudo se dice que España «regaló Gibraltar a Inglaterra», una expresión que no explica del todo lo sucedido. España no entregó el territorio como un gesto de amistad ni lo cedió voluntariamente en un acuerdo aislado, sino que aceptó su cesión dentro de un tratado internacional que puso fin a una guerra y en el que las distintas potencias negociaron compensaciones y ventajas. Gibraltar ya estaba ocupado militarmente desde 1704; Utrecht convirtió aquella situación en una cesión reconocida mediante un acuerdo de paz.

 

Grabado histórico que representa el asedio de Gibraltar en 1704, con la fortaleza sobre el peñón y las fuerzas navales anglo-neerlandesas frente a la costa.
La conquista de Gibraltar por las fuerzas anglo-neerlandesas en agosto de 1704 cambió el control militar de la plaza. Nueve años después, el artículo X del Tratado de Utrecht formalizó su cesión a la Corona británica.

 

También es importante distinguir entre lo que se cedió en 1713 y el territorio que Gran Bretaña ocuparía posteriormente. El tratado se refería a la ciudad y el castillo, junto con el puerto, las defensas y las fortalezas, pero no cedía expresamente todo el istmo que hoy conecta Gibraltar con la península. Esta diferencia expansiva continúa siendo relevante en la posición española sobre la soberanía del territorio y en las controversias que han surgido alrededor de la ocupación británica de zonas que no formaban parte de la cesión original.

Así, mientras España reconocía jurídicamente la posesión británica de Gibraltar, Gran Bretaña obtenía un enclave desde el que podía reforzar su presencia naval en el Mediterráneo y proteger sus rutas comerciales. La roca había pasado de ser una plaza conquistada durante la guerra a convertirse en una pieza estable de la estrategia británica, y esa situación acabaría prolongándose durante más de tres siglos.

Pero mientras los diplomáticos negociaban territorios y ventajas comerciales, en Cataluña se estaba produciendo una evolución muy distinta, porque el final de la guerra no significaba para sus instituciones la llegada de la paz que habían esperado.

 

El «caso de los catalanes»: las promesas que quedaron atrás

Cuando Gran Bretaña empezó a negociar el final del conflicto, los representantes catalanes comprendieron que podían quedar atrapados en una paz que resolviera los intereses de las grandes potencias, pero no el problema que les había llevado a apoyar al archiduque Carlos. Por eso intentaron que los británicos cumplieran los compromisos adquiridos en el Pacto de Génova de 1705 y garantizaran la conservación de las leyes e instituciones catalanas, incluso si Felipe V terminaba ganando la guerra.

Uno de los principales protagonistas de estas gestiones fue Pau Ignasi de Dalmases, enviado por las instituciones catalanas a Londres en 1713 para defender su causa ante la reina Ana de Gran Bretaña. Dalmases trató de convencer al Gobierno británico de que no podía abandonar a quienes habían confiado en sus promesas, y la cuestión catalana llegó a debatirse en los círculos políticos británicos, incluida la Cámara de los Lores, en 1714.

 

Recreacuón artística de una reunión diplomática en las cortes británicas a primeros del siglo XVIII.
Las gestiones diplomáticas impulsadas por los catalanes ante la corte británicas en 1713-14, para conseguir el respeto al compromiso adquirido ante Catalunya durante la Guerra de Sucesión. 

 

Aquel conjunto de gestiones diplomáticas pasó a conocerse como el «caso de los catalanes», una expresión que resumía el problema de un territorio que había combatido junto a los aliados y que, al llegar la paz, temía perder las instituciones que había intentado defender durante toda la guerra.

Sin embargo, las prioridades británicas ya eran otras. Gran Bretaña había conseguido importantes ventajas territoriales y comerciales, Felipe V había sido reconocido como rey y el nuevo equilibrio europeo permitía cerrar un conflicto que había supuesto enormes gastos. Mantener la guerra para garantizar el sistema constitucional catalán significaba prolongar los costes y poner en riesgo los acuerdos alcanzados, por lo que la defensa de las instituciones catalanas dejó de ocupar un lugar central en la estrategia británica.

El artículo XIII del Tratado de Utrecht abordó la situación de los catalanes y contempló una amnistía y garantías sobre sus bienes, además de referirse a la concesión de los privilegios de los que disfrutaban los habitantes de las dos Castillas. Pero aquello no equivalía a conservar las constituciones y las instituciones propias que los representantes catalanes habían pedido que se respetaran.

La diferencia era fundamental: una cosa era garantizar que las personas pudieran conservar sus bienes y recibir un trato determinado, y otra muy distinta asegurar la continuidad del sistema político que había regido Cataluña. La solución acordada no satisfacía las principales demandas de quienes habían confiado en la alianza británica, y la decepción fue creciendo a medida que se hizo evidente que las grandes potencias no estaban dispuestas a reabrir la guerra por aquella cuestión.

La paradoja resulta difícil de pasar por alto. En 1705, el apoyo británico había sido una de las razones que animaron a los catalanes a incorporarse a la causa austracista; en 1713, cuando Gran Bretaña obtuvo ventajas importantes en la paz, Cataluña quedó sin la protección política que había esperado de sus aliados.

 

Barcelona resiste hasta el final

A pesar de las negociaciones, la guerra no terminó de la misma manera para todos los territorios. Mientras las potencias europeas cerraban sus acuerdos, Felipe V seguía decidido a someter los territorios que todavía resistían su autoridad. En Cataluña, las instituciones tuvieron que enfrentarse a una decisión difícil: aceptar las condiciones de la nueva situación o continuar la lucha aun sabiendo que las posibilidades de victoria eran cada vez menores.

En 1713, tras la retirada de las fuerzas aliadas, las instituciones catalanas optaron por resistir. Barcelona se convirtió en el principal símbolo de aquella decisión y soportó un largo asedio hasta que las tropas borbónicas entraron en la ciudad el 11 de septiembre de 1714, diada de Catalunya. La derrota puso fin a la resistencia organizada en Cataluña y fue seguida por la abolición de sus principales instituciones de gobierno y la implantación de un nuevo orden político bajo Felipe V, especialmente mediante los decretos de Nueva Planta.

 

 

Rafael Casanova (1660-1743), jurista y conseller en cap de Barcelona durante el asedio borbónico de 1713-1714. Participó en la defensa de la ciudad el 11 de septiembre de 1714, cuando resultó herido durante el asalto final. Con el tiempo, se convirtió en una figura simbólica de la Diada de Cataluña. Imagen: diariAra

 

La guerra había terminado de una forma muy diferente a la que muchos catalanes habían imaginado cuando buscaron el apoyo británico. Mientras Gran Bretaña consolidaba su presencia en Gibraltar y Menorca y obtenía ventajas comerciales, Cataluña perdía el marco institucional que había intentado proteger mediante su participación en el conflicto.

Ahora bien, es importante no confundir ambas consecuencias y afirmar que Gran Bretaña recibió Gibraltar a cambio de abandonar Cataluña. No existió una cláusula de Utrecht que estableciera un intercambio directo entre ambos territorios, ni puede reducirse el conjunto de negociaciones a una operación en la que una posesión se entregó a cambio de la otra. Gibraltar formó parte de las ganancias británicas reconocidas en la paz, mientras que el abandono de la causa catalana respondió a la decisión de Londres de priorizar sus propios objetivos internacionales y aceptar un acuerdo que no garantizaba la conservación de las instituciones catalanas.

Ambos acontecimientos estuvieron relacionados porque surgieron de la misma guerra y del mismo reajuste europeo, pero sus vínculos fueron políticos y estratégicos, no los de un simple trueque territorial.

 

Dos destinos distintos dentro de una misma guerra

Si observamos los acontecimientos en conjunto, Gibraltar y Cataluña representan dos consecuencias diferentes de una guerra en la que las aspiraciones de los territorios no siempre coincidieron con los intereses de las grandes potencias. Gibraltar tenía un valor estratégico que Gran Bretaña quería asegurar, y su posesión quedó reconocida en un tratado que le proporcionó ventajas duraderas. Cataluña, por su parte, había buscado en la alianza británica una garantía para conservar sus instituciones, pero aquella garantía no sobrevivió a los cambios de prioridades que acompañaron las negociaciones de paz.

Esto no significa que toda la historia pueda explicarse mediante una oposición sencilla entre un aliado que traiciona y un territorio que es traicionado, porque las decisiones de la época estuvieron condicionadas por guerras dinásticas, intereses comerciales, cálculos militares y un equilibrio internacional que cambiaba constantemente. Sin embargo, sí permite comprender por qué las promesas hechas durante una guerra podían perder fuerza cuando llegaba el momento de negociar la paz, especialmente si quienes las habían recibido tenían menos capacidad para influir en el resultado final.

En 1705, muchos catalanes consideraron que Inglaterra podía ayudarles a defender sus leyes e instituciones; ocho años después, Gran Bretaña firmaba una paz que consolidaba sus propios intereses y dejaba sin resolver las principales aspiraciones políticas catalanas. En ese mismo proceso, Gibraltar pasó de estar ocupado por las fuerzas aliadas a quedar cedido jurídicamente a la Corona británica, mientras Cataluña se preparaba para afrontar la derrota y la transformación de su sistema de gobierno.

Más de tres siglos después, Gibraltar continúa bajo soberanía británica y su situación sigue siendo una cuestión relevante en las relaciones entre España y el Reino Unido. La historia de Cataluña, por su parte, conserva, en su festividad de la Diada, la memoria de una guerra que no solo decidió quién ocuparía el trono español, sino que también transformó profundamente las instituciones políticas de sus territorios.

 

Imatge de la Diada de 2024. Imagen. diari Ara

 

Quizá lo más interesante de volver a aquella época sea comprender que los mapas que hoy nos parecen tan naturales son, en realidad, el resultado de decisiones históricas concretas y, dicho sea de paso, decisiones tomadas por potencias vecinas. Una roca junto al estrecho, unas instituciones que intentaban sobrevivir y unas potencias que buscaban asegurar su posición en Europa quedaron unidas por una guerra cuyos resultados fueron muy distintos para cada una de ellas.

Porque la Historia es así de increible,  no avanza siguiendo las promesas que se hacen en el momento de formar una alianza, sino de acuerdo con las decisiones que se toman cuando cambian las circunstancias, los intereses, la ambición. Y, a veces, quienes han contribuido a una victoria descubren que, cuando llega la hora de repartir sus consecuencias, sus propias aspiraciones han dejado de ser una prioridad para aquellos en quienes habían confiado.

 

 

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Bibliografia

Archivo de la Corona de Aragón. Tratado de Utrecht (1713). Ministerio de Cultura. 

Castellano García, M. A. (2020). Gran Bretaña y la cuestión catalana: La negociación hispanobritánica durante el final de la guerra de Sucesión española. Studia Historica: Historia Moderna, 42(2), 329–363. 

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Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Gibraltar.

Royal Museums Greenwich. The relief of Barcelona, 30 April 1706 [Pintura de H. Vale, 1713]

Arroyo Vozmediano, J. L. (2014). Francisco de Velasco y los catalanes. Sitio y capitulación de Barcelona, 1705. Hispania, 74(246), 11–34.


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