jueves, 29 de enero de 2026

Reflexión: El Imperio otomano y la herencia envenenada de su desaparición

Mapas trazados para controlar, no para convivir

El Imperio otomano fue, durante más de seis siglos, algo más que un Estado poderoso: fue una estructura política capaz de sostener la diversidad sin exigir uniformidad, un artefacto histórico complejo que gobernó territorios inmensos desde los Balcanes hasta Oriente Próximo mediante una lógica hoy difícil de comprender desde la obsesión contemporánea por la nación homogénea. No era un imperio idílico —ninguno lo es—, pero funcionaba sobre un principio pragmático: permitir que pueblos, religiones y comunidades distintas coexistieran bajo una soberanía común, flexible, jerárquica y, sobre todo, adaptable. 

 

Fuente: Ali Toma

Durante siglos, la pertenencia no se definía por una identidad nacional cerrada, sino por vínculos locales, religiosos, lingüísticos o administrativos. El imperio no exigía que todos fueran lo mismo; exigía que no rompieran el equilibrio. Y ese equilibrio, frágil pero eficaz, permitía una convivencia tensa pero relativamente estable en regiones que hoy asociamos casi automáticamente al conflicto permanente.

 

Fuente: Enciclopedia Británica-BBC
 

El problema no comienza con el declive otomano, sino con la forma en que ese declive se gestiona. A partir del siglo XIX, presionado por las potencias europeas, erosionado desde dentro y empujado a reformas tardías, el imperio entra en una agonía prolongada. Cuando finalmente se derrumba tras la Primera Guerra Mundial, no se produce una transformación orgánica, negociada o gradual, sino un desmantelamiento abrupto, decidido desde fuera, con mapas dibujados en despachos europeos y fronteras trazadas sin atender a las realidades sociales que durante siglos habían sostenido esos territorios.

 


 
Comparativa de dos mapas. Desaparición del Imperio, y existencia de Turquía, 1923.  Dominio del Imperio Otomano de 1914. Fuente: geacron

 

Mapa 2022. Fuente:geacron

 

Ahí nace el problema de fondo. Donde antes había una administración imperial de la diversidad, se imponen Estados-nación rígidos, artificiales, obligados a inventarse una identidad común que no existía. El resultado no es estabilidad, sino una violencia estructural latente. Palestina se convierte en el escenario más visible de esta herencia maldita: una tierra sin fronteras nacionales bajo dominio otomano pasa a ser objeto de promesas coloniales incompatibles, proyectos identitarios enfrentados y una retirada irresponsable que deja el conflicto abierto hasta hoy. No es un odio ancestral: es una catástrofe política planificada.

Siria e Irak repiten el patrón. Regiones plurales, cohesionadas por una lógica imperial, se transforman en Estados construidos a partir de piezas que no encajan. Para sostener esa ficción, el autoritarismo se vuelve necesario: dictaduras que no solucionan el problema, pero lo congelan. Cuando el control desaparece, no emerge una democracia estable, sino la fragmentación violenta de un edificio sin cimientos compartidos.

El Kurdistán representa la grieta más evidente del nuevo orden: un pueblo repartido entre varios Estados, prometido y luego negado, convertido en anomalía permanente porque su existencia cuestiona la legitimidad del mapa entero. Reconocerlo implicaría admitir que la caída del imperio produjo Estados incompletos.

Y el Líbano, con su sistema confesional rígido, muestra otra variante del mismo error: cuando la diversidad se institucionaliza sin flexibilidad, la política se paraliza y el pasado se convierte en prisión.

En todos estos casos, el patrón es claro y persistente: el imperio administraba diferencias; los nuevos Estados intentan disciplinarlas. El imperio aceptaba ambigüedades; el Estado-nación exige identidades cerradas. Cuando la realidad no cabe en el molde, la respuesta no es ajuste ni diálogo, sino fuerza, silencio o violencia.

Por eso estos conflictos no se resuelven con elecciones rápidas, ni con intervenciones externas, ni con discursos bienintencionados. Son heridas fundacionales, no crisis coyunturales. El Imperio otomano cayó, sí, pero su caída no terminó en 1924. Sigue ocurriendo cada día, en cada frontera que no cicatriza, en cada Estado que necesita autoritarismo para mantenerse unido, en cada conflicto que insiste porque nunca se resolvió su origen.

Los imperios no desaparecen del todo.

A veces, simplemente se transforman en problemas no resueltos que heredamos como presente.
Y siempre hay alguien dispuesto a creer que siglos de historia mal cerrada pueden solucionarse con una cumbre, un tuit o una Junta de la Paz. 

 

Colección Uffizi

 

 

BBC News Mundo. (2025, 17 de octubre). El Partido Comunista Chino expulsa a 9 generales de alto rango en una amplia purga militar. BBC News Mundo.

Duducu, J. (2018, 4 de marzo). Por qué el sultán Solimán era más magnífico de lo que habrías pensado y otras 3 cosas que quizás no sabías del Imperio Otomano. BBC News Mundo.

Arancón, F. (2015, 20 de noviembre). Los caprichos fronterizos de Oriente Próximo. El Orden Mundial.

Marcando el Polo. (2023, 10 de agosto). Kurdistán no es un país. Marcandoelpolo.com.

Blakemore, E. (2019, 13 de diciembre). Imperio otomano: qué fue, cómo surgió y cuándo terminó. National Geographic Historia

Vallejo Fernández‑Cela, S. (2001). La caída del Imperio Otomano y la fundación de la República Turca: Una visión española (Cuadernos de Historia de las Relaciones Internacionales No. 2). Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales.

García, E. R. (s. f.). Breve historia del Imperio otomano  


 

 

 

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