Venezuela, el nuevo peón del tablero geopolítico mundial
Venezuela obliga a mirar más allá de la noticia inmediata y a entender lo que ocurre dentro de un escenario mucho más amplio, donde economía, poder y geopolítica se cruzan de forma cada vez más visible. Durante décadas, el dólar ha sido el eje del sistema económico internacional, sobre todo desde Bretton Woods en 1944, cuando se convirtió en la moneda de referencia del nuevo orden mundial. A partir de ahí, el comercio del petróleo se realizó mayoritariamente en dólares, reforzando de manera clara la influencia global de Estados Unidos y su capacidad para marcar las reglas del juego.
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| LorenzoT81 |
Hoy ese equilibrio empieza a mostrar grietas. Cada vez más países buscan alternativas, utilizan otras monedas como el yuan o el euro y diversifican alianzas en un mundo que ya no gira con la misma claridad alrededor de un único centro de poder. No es una ruptura frontal, pero sí un desgaste lento de un sistema que durante mucho tiempo parecía intocable.
Venezuela se mueve dentro de este proceso, aunque no sea su principal impulsora ni una amenaza decisiva para el sistema global. Su acercamiento a China o Rusia responde tanto a una estrategia política como a una necesidad práctica derivada de las sanciones y del aislamiento internacional. Tener grandes reservas de petróleo da margen de maniobra, pero no significa controlar el mercado ni poder cambiar por sí sola un sistema financiero construido durante décadas. En su caso, confundir potencial con poder real lleva a conclusiones exageradas.
En este contexto, figuras como Delcy Rodríguez no “aceptan” las nuevas reglas por decisión propia, sino porque su margen de maniobra es muy limitado. Estados Unidos mantiene una enorme capacidad de presión económica, financiera y diplomática, y con la captura de Maduro, intentar salir completamente de ese marco sin respaldo sólido implica riesgos enormes. No se trata de sumisión automática, sino de un cálculo estratégico en un tablero global desigual.
China y Rusia juegan una partida distinta. Ambos países impulsan la desdolarización, pero lo hacen con prudencia y a largo plazo. China evita el choque directo: amplía el uso del yuan, firma acuerdos bilaterales y gana influencia sin dinamitar el sistema del que todavía se beneficia. Rusia, más confrontada tras la guerra de Ucrania, acelera ese proceso por necesidad, pero sin capacidad real para imponer un nuevo orden por sí sola. Más que un bloque alternativo, lo que existe es una suma de intereses que coinciden parcialmente.
La Unión Europea, parece la gran despistada, por su parte, sigue atrapada en sus propias contradicciones. Defiende el multilateralismo y cierta autonomía estratégica, pero continúa profundamente vinculada al dólar y a Estados Unidos, especialmente en materia de seguridad. El euro podría ser una alternativa más fuerte, pero la falta de unidad política y de una política exterior coherente limita su papel global. Europa observa el cambio, participa en él de forma tímida, pero rara vez lidera de modo unánime cualquier decisión.
A este tablero se suma un actor clave: el mundo árabe. Lejos de actuar como un bloque homogéneo, las grandes potencias del Golfo, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, mantienen su alianza con Estados Unidos porque les garantiza seguridad y estabilidad, pero al mismo tiempo diversifican relaciones con China y exploran otras monedas sin romper con el dólar. No desafían el sistema, pero tampoco dependen de él como antes. Otros países, como Irán, sí buscan una confrontación más directa, aunque desde una posición frágil y sancionada. El resto del mundo árabe observa, calcula y se adapta, evitando movimientos bruscos.
Reducir la presión internacional sobre Venezuela a una sola causa económica simplifica demasiado una realidad mucho más compleja. En juego hay intereses estratégicos, equilibrios regionales, conflictos internos, rivalidades entre grandes potencias y una competencia constante por recursos y rutas comerciales. Nada de esto responde a una lógica automática ni a una explicación única.
El dólar, además, no se sostiene solo por la fuerza, aunque el poder militar haya acompañado históricamente su expansión. Su peso sigue apoyándose en la confianza de los mercados, en instituciones financieras sólidas y en una inercia global difícil de desmontar de un día para otro. Eso no lo hace invulnerable, pero sí resistente al cambio rápido.
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| ollo |
Venezuela, en este sentido, no marca el inicio ni el final de esta transformación. Es más bien un síntoma de un mundo que se reordena sin un rumbo del todo definido, donde las certezas del pasado ya no son absolutas y las nuevas reglas aún están por construirse. Lo que estamos viendo no es una ruptura repentina, sino un proceso largo, tenso y abierto, en el que el poder global se desplaza sin desaparecer por completo.
Al pensamiento surgen muchas preguntas, pero las que más me golpean son estas: ¿Es este un nuevo paradigma en las relaciones internacionales, donde las tensiones por los recursos estratégicos obligarán a redefinir posiciones? ¿Podrá Estados Unidos mantener su papel de matón de colegio sin entrar en un choque directo? Y, más allá de las acusaciones, ¿qué futuro le espera a Venezuela… y a su gente?
Así se mueve el tablero…


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