lunes, 5 de enero de 2026

Reflexión: ¿Seguro que es solo el petróleo?

Venezuela, el nuevo peón del tablero geopolítico mundial

 

Venezuela obliga a mirar más allá de la noticia inmediata y a entender lo que ocurre dentro de un escenario mucho más amplio, donde economía, poder y geopolítica se cruzan de forma cada vez más visible. Durante décadas, el dólar ha sido el eje del sistema económico internacional, sobre todo desde Bretton Woods en 1944, cuando se convirtió en la moneda de referencia del nuevo orden mundial. A partir de ahí, el comercio del petróleo se realizó mayoritariamente en dólares, reforzando de manera clara la influencia global de Estados Unidos y su capacidad para marcar las reglas del juego.

 

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Hoy ese equilibrio empieza a mostrar grietas. Cada vez más países buscan alternativas, utilizan otras monedas como el yuan o el euro y diversifican alianzas en un mundo que ya no gira con la misma claridad alrededor de un único centro de poder. No es una ruptura frontal, pero sí un desgaste lento de un sistema que durante mucho tiempo parecía intocable.

Venezuela se mueve dentro de este proceso, aunque no sea su principal impulsora ni una amenaza decisiva para el sistema global. Su acercamiento a China o Rusia responde tanto a una estrategia política como a una necesidad práctica derivada de las sanciones y del aislamiento internacional. Tener grandes reservas de petróleo da margen de maniobra, pero no significa controlar el mercado ni poder cambiar por sí sola un sistema financiero construido durante décadas. En su caso, confundir potencial con poder real lleva a conclusiones exageradas.

En este contexto, figuras como Delcy Rodríguez no “aceptan” las nuevas reglas por decisión propia, sino porque su margen de maniobra es muy limitado. Estados Unidos mantiene una enorme capacidad de presión económica, financiera y diplomática, y con la captura de Maduro, intentar salir completamente de ese marco sin respaldo sólido implica riesgos enormes. No se trata de sumisión automática, sino de un cálculo estratégico en un tablero global desigual.

China y Rusia juegan una partida distinta. Ambos países impulsan la desdolarización, pero lo hacen con prudencia y a largo plazo. China evita el choque directo: amplía el uso del yuan, firma acuerdos bilaterales y gana influencia sin dinamitar el sistema del que todavía se beneficia. Rusia, más confrontada tras la guerra de Ucrania, acelera ese proceso por necesidad, pero sin capacidad real para imponer un nuevo orden por sí sola. Más que un bloque alternativo, lo que existe es una suma de intereses que coinciden parcialmente.

La Unión Europea, parece la gran despistada, por su parte, sigue atrapada en sus propias contradicciones. Defiende el multilateralismo y cierta autonomía estratégica, pero continúa profundamente vinculada al dólar y a Estados Unidos, especialmente en materia de seguridad. El euro podría ser una alternativa más fuerte, pero la falta de unidad política y de una política exterior coherente limita su papel global. Europa observa el cambio, participa en él de forma tímida, pero rara vez lidera de modo unánime cualquier decisión.

A este tablero se suma un actor clave: el mundo árabe. Lejos de actuar como un bloque homogéneo, las grandes potencias del Golfo, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, mantienen su alianza con Estados Unidos porque les garantiza seguridad y estabilidad, pero al mismo tiempo diversifican relaciones con China y exploran otras monedas sin romper con el dólar. No desafían el sistema, pero tampoco dependen de él como antes. Otros países, como Irán, sí buscan una confrontación más directa, aunque desde una posición frágil y sancionada. El resto del mundo árabe observa, calcula y se adapta, evitando movimientos bruscos.

Reducir la presión internacional sobre Venezuela a una sola causa económica simplifica demasiado una realidad mucho más compleja. En juego hay intereses estratégicos, equilibrios regionales, conflictos internos, rivalidades entre grandes potencias y una competencia constante por recursos y rutas comerciales. Nada de esto responde a una lógica automática ni a una explicación única.

El dólar, además, no se sostiene solo por la fuerza, aunque el poder militar haya acompañado históricamente su expansión. Su peso sigue apoyándose en la confianza de los mercados, en instituciones financieras sólidas y en una inercia global difícil de desmontar de un día para otro. Eso no lo hace invulnerable, pero sí resistente al cambio rápido.

 

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Venezuela, en este sentido, no marca el inicio ni el final de esta transformación. Es más bien un síntoma de un mundo que se reordena sin un rumbo del todo definido, donde las certezas del pasado ya no son absolutas y las nuevas reglas aún están por construirse. Lo que estamos viendo no es una ruptura repentina, sino un proceso largo, tenso y abierto, en el que el poder global se desplaza sin desaparecer por completo.

Al pensamiento surgen muchas preguntas, pero las que más me golpean son estas: ¿Es este un nuevo paradigma en las relaciones internacionales, donde las tensiones por los recursos estratégicos obligarán a redefinir posiciones? ¿Podrá Estados Unidos mantener su papel de matón de colegio sin entrar en un choque directo? Y, más allá de las acusaciones, ¿qué futuro le espera a Venezuela… y a su gente?

Así se mueve el tablero…

 

* Delcy Rodríguez: Vicepresidenta de Venezuela y responsable de la política exterior y estratégica del país en los últimos años, implicada en la gestión de relaciones internacionales y sanciones económicas.

 

Reuters. (5 de enero de 2026). Hungary’s Orban says US intervention in Venezuela good for energy markets. Reuters. 
 
 
The Guardian. (5 de enero de 2026). US foes and allies denounce Trump’s 'crime of aggression' in Venezuela at UN meeting. The Guardian.
 
ElDiario.es. (3 de enero de 2026). Trump: “Vamos a hacer que las grandes petroleras de EEUU gasten millones de dólares en Venezuela…” ElDiario.es.
 
 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Reflexión: Sudáfrica y la Nación Arcoíris: pensar el mundo desde sus grietas

¿Qué nos enseña la Nación Arcoíris?

Pensar Sudáfrica no es mirar un pasado cerrado como quien acaba un libro, sino asomarse a una pregunta que atraviesa el presente global. En su historia se condensan los límites y las posibilidades de la democracia cuando esta convive con desigualdades profundas. No como teoría, sino como experiencia límite vivida. Por eso Sudáfrica importa. No solo para África, sino para un mundo que se dice diverso, libre y democrático, pero que sigue organizado sobre viejas jerarquías.

Durante décadas, el apartheid convirtió el racismo en ley. No fue únicamente una ideología, sino un sistema preciso para decidir quién podía vivir con dignidad y quién debía sobrevivir en los márgenes. Su final, en 1994, fue celebrado como una victoria histórica. La llegada de Nelson Mandela a la presidencia encarnó una apuesta excepcional: que una sociedad marcada por la violencia estructural pudiera elegir la reconciliación en lugar de la venganza, el diálogo frente a la ruptura total.

 

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La Nación Arcoíris, impulsada por Desmond Tutu y defendida por Mandela, nació como un horizonte ético y político. Un país capaz de reconocerse diverso sin convertir la diferencia en exclusión. Once lenguas oficiales, múltiples identidades culturales, religiosas y sociales compartiendo un mismo proyecto democrático. No borrar las diferencias, sino aprender a convivir con ellas sin jerarquizarlas.

 

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Sin embargo, el tiempo ha mostrado que el arcoíris no se sostiene solo con símbolos. La igualdad legal no ha desmantelado la desigualdad real. Las fronteras del apartheid ya no están escritas en las leyes, pero siguen dibujando el territorio, el acceso a la educación, la distribución de la riqueza y las oportunidades vitales. El pasado continúa organizando el presente de manera silenciosa, pero eficaz.

Aquí Sudáfrica deja de ser un ejemplo lejano y se convierte en un espejo incómodo. Porque no es una excepción, sino un anticipo. Un país que llegó antes a una pregunta que hoy atraviesa a muchas democracias: ¿qué ocurre cuando la libertad política no va acompañada de justicia social? ¿Cuánto puede sostenerse un sistema democrático si millones de personas siguen excluidas de una vida digna?

Mandela entendió que no hay paz sin justicia, pero también que no existe justicia duradera sin humanidad. Su apuesta por el perdón evitó una catástrofe mayor, pero dejó abierta una tensión que sigue viva: la reconciliación sin transformación material tiene límites. El perdón puede cerrar heridas, pero no corrige por sí solo las desigualdades heredadas.

Hoy, Sudáfrica avanza entre luces y sombras. Ha evitado el colapso, mantiene una democracia funcional y ha transformado parcialmente su estructura social. Pero convive con corrupción, desempleo, violencia y un creciente desencanto político. La Nación Arcoíris persiste más como promesa inacabada que como realidad cumplida.

Pensar Sudáfrica es, en el fondo, pensar el futuro de nuestras propias sociedades. Comprender que la diversidad no se gestiona solo con discursos, y que la democracia no se consolida sin redistribución. Si algún día queremos un verdadero mundo arcoíris, hará falta algo más que palabras hermosas. Hará falta asumir que la justicia social no es un añadido moral de la democracia, sino su condición de posibilidad.


 Chickenonline

Mandela, N. (1995). El largo camino hacia la libertad (R. Carretero, Trad.). Barcelona: Planeta.

Tutu, D. (1999). No hay futuro sin perdón (E. Ortega, Trad.). Barcelona: Paidós.

Thompson, L. (2001). A History of South Africa. New Haven: Yale University Press.

El País. (2022, septiembre 23). Sudáfrica, el país del arcoíris.

El Orden Mundial. (2023). Sudáfrica: retrato de la disparidad

El Orden Mundial. (2023). Mapa político de Sudáfrica.

BBC Mundo. (2023, abril 12). Sudáfrica: de Nelson Mandela a Cyril Ramaphosa, la difícil transición de la Nación Arcoíris

Seekings, J., & Nattrass, N. (2005). Class, Race, and Inequality in South Africa. Yale University Press.

Invictus. (2009). Dirección: Clint Eastwood. Estados Unidos: Warner Bros. Pictures. 

   

jueves, 25 de diciembre de 2025

Reflexión: La democracia que no conocimos

Cuando el control se vuelve normal

 

Esta publicación es de esas que no salen de un libro ni de una clase, sino de una conversación entre amigos, sentados tranquilamente, con el ruido de la cafetera de fondo y las tazas sobre la mesa. Nadie estaba intentando dar lecciones a nadie, simplemente hablábamos, saltando de un tema a otro, hasta que en algún momento alguien dijo algo como “al final, tanta libertad tampoco sirve para mucho”, y ahí se hizo un pequeño silencio incómodo. De esos silencios que te obligan a pensar, no porque alguien tenga razón, sino porque intuyes que algo no va bien.

Fuente

 

“Any fool can know. The point is to understand.” — Albert Einstein
(“Cualquier tonto puede saber algo. El punto es entenderlo.”)  

 

Y es curioso cómo, en charlas así, aparece el miedo a que "ésto que llamamos libertad" deje de ser  casi sin nombrarlo. No se habla de dictaduras ni de grandes conceptos, sino de control, de normas cada vez más estrictas, de decisiones tomadas “desde arriba” que supuestamente son por nuestro bien. Se habla de cámaras, de algoritmos, de leyes que limitan protestas, de opiniones que conviene no decir según dónde estés. Todo suena razonable cuando se dice en voz baja, entre sorbos de café, como si fuera simple sentido común. Y sin embargo, ahí está el peligro: cuando empezamos a aceptar que lo que tenemos se parezca cada vez más a una democracia de fachada.

Porque cuando falta una democracia real, no siempre nos someten con violencia directa, sino con rutina y cansancio. Nos somete la autocensura, el pensar dos veces antes de hablar, el medir cada palabra por miedo a la exposición pública o al linchamiento digital. Nos somete la sensación de que no vale la pena participar, de que protestar no sirve, de que las decisiones importantes ya están tomadas. Nos somete la idea de que es mejor adaptarse que incomodar, obedecer que cuestionar, callar que complicarse la vida.

Y lo más inquietante es todo lo que vamos normalizando. Normalizamos que se vigilen nuestros datos, que se controle lo que circula en redes, que se criminalice la protesta social o que se desacredite a quien piensa distinto tachándolo de radical, ingenuo o peligroso. Normalizamos que haya temas intocables, discursos únicos, verdades oficiales. Normalizamos vivir en alerta, asumir que siempre hay alguien observando, evaluando, clasificando. Poco a poco, la libertad deja de ser una experiencia cotidiana y se convierte en un concepto abstracto.

En estas conversaciones entre amigos también aparece una preocupación clara por la juventud. No porque no piense, sino porque ha crecido dentro de este clima y lo ha incorporado como algo normal. Para muchos jóvenes, que se limiten libertades no parece una pérdida, sino una condición del mundo actual. La precariedad, el miedo al futuro y la falta de expectativas hacen que el control se perciba como estabilidad y la autoridad como solución. Así, la pérdida de derechos deja de parecer algo grave y se vuelve aceptable, incluso deseable.

Entre amigos, sin discursos solemnes, se entiende mejor que el problema no es un golpe de Estado ni un dictador con nombre propio, sino esa deriva autoritaria suave, casi cómoda, que avanza sin hacer ruido. Todo se va estrechando poco a poco: lo que se puede decir, lo que se puede cuestionar, lo que se puede defender sin ser señalado. Y eso da miedo, porque significa que no hace falta imponer nada por la fuerza, basta con que nos acostumbremos.

Por eso estas charlas importan tanto. Porque en una mesa cualquiera, con café y confianza, se puede intuir que la democracia no es algo garantizado para siempre, sino un equilibrio frágil que puede vaciarse por dentro. Y porque quizá el mayor riesgo es que dejemos de notar cuándo algo que parecía una democracia deja de serlo de verdad, y aceptemos vivir controlados, limitados y vigilados como si fuera lo normal. A veces basta con que alguien, en mitad de la conversación, diga: “Ojo, esto no es normal”. Y tal vez ahí, en esas conversaciones informales, empiece la verdadera conciencia política.


Para pensar, normalizamos sin darnos cuenta:

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Reflexión: Cuando cumplir la ley significa dejar a la gente en la calle

Lo legal no siempre es lo justo

Reconozco que cada vez que veo un desalojo como el del B9 de Badalona me invade una sensación difícil de esquivar. No es sorpresa, ni indignación puntual: es cansancio. Cansancio de una escena que se repite una y otra vez, con distintos edificios, distintos gobiernos y el mismo final. Personas en la calle. Siempre.

Se nos dice que es la ley. Y es verdad. Pero también es verdad que cumplir la ley no debería implicar dejar a la gente sin techo, y menos aún en pleno invierno. Cuando la ONU señala que este tipo de desalojos vulneran derechos humanos básicos, no está exagerando ni haciendo política partidista. Está recordándonos algo incómodo: que la legalidad, sin responsabilidad, puede convertirse en una forma de violencia institucional.

 

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay

 

Lo que más me inquieta no es que el edificio se desalojara, sino que se hiciera sin una alternativa real. Porque eso no es una falta de recursos; es una elección. Alternativas había, imperfectas, costosas, complejas, sí. Pero existían. Lo que no existía era la voluntad de asumir el precio político de aplicarlas.

Y aquí viene la parte más incómoda de decir en voz alta: invertir en derechos hoy resta votos. Reubicar personas vulnerables genera conflictos vecinales. Apostar por vivienda social no se traduce en aplausos inmediatos. Defender a personas migrantes sin papeles no da rédito electoral. En cambio, un desalojo policial es rápido, visible y fácilmente vendible como “orden” y “mano firme”. Sale barato, al menos de cara a la galería.

En Badalona gobierna el PP, y eso pesa. Pesa porque el relato elegido ha sido el del control y la ejemplaridad. Pero sería ingenuo pensar que esto es solo cosa de un partido. La crisis de vivienda, la precariedad y la gestión punitiva de la pobreza llevan años construyéndose, con gobiernos de distintos colores mirando hacia otro lado. Lo que cambia ahora es que ya no se intenta disimular.

Me preocupa el mensaje que se normaliza: que hay vidas para las que siempre “no hay alternativa”, que la exclusión se gestiona con policía y que el sufrimiento puede contabilizarse como daño colateral aceptable. Me preocupa porque esto no soluciona nada. Solo desplaza el problema, lo endurece y nos acostumbra a mirar sin ver.

A veces se presenta todo esto como realismo político. Yo lo veo más bien como renuncia. Renuncia a hacer política en serio, a largo plazo, con responsabilidad. Renuncia a sostener que los derechos no dependen de encuestas. Renuncia, en el fondo, a una idea mínima de justicia.

El desalojo del B9 no es solo una historia sobre un edificio. Es un espejo incómodo. Nos devuelve la imagen de un modelo de ciudad —y de democracia— que prefiere no pagar el precio de cuidar, aunque eso signifique aceptar que algunas personas queden, literalmente, fuera.


Pensar que todo esto no nos afecta es una idea tentadora, casi tranquilizadora. Pero no es cierta. Nos afecta, aunque no siempre lo notemos de inmediato.

Nos afecta porque normaliza que los derechos sean frágiles y condicionados, algo que hoy recae sobre otros, pero que mañana puede alcanzarnos a cualquiera. Nos afecta porque una ciudad que gestiona la pobreza con desalojos y no con soluciones se vuelve más tensa, más desconfiada, menos habitable para todos.

Nos afecta también de una forma muy concreta: lo pagamos igual. Si no se invierte en vivienda y prevención, se acaba gastando más en emergencias, policía y servicios colapsados. La exclusión no desaparece; solo se desplaza y se encarece.

Y nos afecta, sobre todo, porque nos acostumbra a mirar hacia otro lado. A aceptar que dejar a personas en la calle es un daño colateral asumible. Cuando eso pasa, no solo se pierde justicia: se erosiona la vida en común, que es, al final, la única que tenemos.

 

Relatores de la ONU condenan el desalojo en Badalona y el «discurso estigmatizador» de las autoridades. (19 de diciembre de 2025). EFE via Swissinfo.

El Nacional. (19 de diciembre de 2025). ¿Apruebas el desalojo del instituto B9 de Badalona?

El Periódico. (20 de diciembre de 2025). Desalojados del B9 de Badalona acampan en la salida de la C‑31 y el alcalde anuncia que desmontará sus tiendas.

RTVE. (17 de diciembre de 2025). Los Mossos desalojan en Badalona el mayor asentamiento de migrantes de Cataluña.  

Badalona Comunicació. (17 de junio de 2024). Serveis Socials continuarà atenent algunes de les persones que ocupen el B9 un cop desallotjat

La boira vacarissana: quan el territori respira en silenci

Et convido a llegir el paisatge amb els cinc sentits 

Hi ha dies a Vacarisses que el paisatge sembla haver decidit parlar en veu baixa. El poble es lleva cobert per una boira densa, humida, lenta, que s’arrossega pels carrers, s’enfila pels marges i es queda suspesa entre les cases i la muntanya, com si tot hagués entrat en una pausa conscient. És la boira vacarissana, un fenomen tan habitual com identitari, que forma part del caràcter del lloc i de la manera com aquest territori es manifesta.

Aquesta boira no apareix per atzar. Neix de la combinació entre la geografia i el clima. Vacarisses es troba en un punt clau, a cavall entre el Vallès Occidental i les primeres elevacions que anuncien el Bages, amb la serralada de l’Obac fent de mur natural. Durant les nits fredes, sobretot a la tardor i a l’hivern, l’aire es refreda ràpidament i queda atrapat a les fondalades. La humitat provinent del Llobregat i de les rieres properes fa la resta: el vapor d’aigua es condensa i la boira pren forma, lenta però decidida. 

 

La Vacarissana des de la creu de sant Miquel, Montserrat

 

A l’alba, aquest mantell blanc sol quedar retingut als racons més baixos i a les zones encaixonades entre muntanyes. Vacarisses, amb els seus colls i pendents, actua com una mena de recipient natural. Però la boira no s’hi queda per sempre. A mesura que el sol guanya força, o quan entra en joc el moviment de l’aire, la boira comença a desfilar i  troba el seu corredor natural: el riu Llobregat. És per aquí que s’escola, seguint el traçat del riu, baixant endinsant-se al Baix Llobregat, com una llengua blanca que llisca lentament entre muntanyes i valls, fidel a una direcció marcada des de fa mil·lennis. 

 

La Vacarissana al fons des de sant Jeroni, Montserrat

 

Aquesta boira té una germana gran i poderosa: la boira gebradora de la Plana de Vic. En aquell territori ampli i tancat, l’aire fred queda literalment atrapat durant dies. La boira no només cobreix el paisatge, sinó que el transforma. Quan les temperatures baixen prou, la humitat es congela en tocar arbres, camps, filferros o teulades, creant el gebre, una capa blanca i delicada que converteix la plana en una escena gairebé irreal. La boira gebradora no té pressa, imposa el seu ritme i condiciona la vida quotidiana.

I, de nou, el moviment de l’aire hi té molt a dir. La marinada, aquell vent suau que puja des del mar cap a l’interior, sovint és clau per trencar l’estancament. Quan aconsegueix avançar terra endins, remou l’aire fred, desfà la boira i permet que el paisatge recuperi profunditat. És com si el mar, lluny però present, intervingués per recordar que el cicle continua.

I ara, t’explicaré un secret i et crearé una necessitat. Hi ha dies molt concrets, silenciosos i freds, en què aquestes boires es poden veure alhora. Des de cims com el Turó de l’Home o el Matagalls, la mirada pot abraçar dues maneres diferents que té el país de respirar. Al nord, la boira gebradora de la Plana de Vic s’estén compacta, com un mar blanc sense vores; al sud, més fragmentada però viva, la boira que neix a Vacarisses segueix el corredor del Llobregat cap a Olesa i el Baix Llobregat. Vistes des de dalt, no semblen rivals, sinó parts d’un mateix cos, dues respiracions lentes d’un territori que es deixa entendre millor quan se l’observa amb temps. 

La boira, tant a Vacarisses com a Vic, és molt més que un fenomen meteorològic. És patrimoni intangible. Ha modelat camins, feines, horaris i mirades. Ens ensenya a llegir el territori amb atenció, a entendre que el paisatge no és mai fix, que respira, es transforma i dialoga amb qui el sap observar. Quan la boira vacarissana arriba, no cal resistir-s’hi: només cal deixar-se envoltar i entendre que, com tot en la natura, també ella sap perfectament per on ha de marxar. 

 

Riba, J., & Mas, X. (2015). Boires i núvols baixos a Catalunya: Caracterització i impactes. Revista de Meteorologia, 21(2), 45-63.

Puigdefábregas, J., & Llasat, M. C. (2004). Clima i meteorologia de Catalunya. Barcelona: Editorial Barcanova.

García, J. M. (2007). Els vents de Catalunya: Història i cultura del clima. Barcelona: Editorial Mediterrània.

Servei Meteorològic de Catalunya. (2020). Boires i inversió tèrmica

Generalitat de Catalunya. (2018). Espais naturals del Vallès i la Plana de Vic.  https://parcsnaturals.gencat.cat/ca/inici

 

viernes, 12 de diciembre de 2025

Reflexión: Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal

El beso que desnudó al poder y devolvió la historia

 
De esas imágenes en el mundo del arte que cuentas historias y además la detonan. Una de las más incendiarias es el beso entre Leonid Brézhnev y Erich Honecker, reimaginado en el mural de Dmitri Vrúbel, en español: “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”.

 

“Господи! Помоги мне выжить среди этой смертной любви”

(Gospodi! Pomogi mne vyzhit’ sredi etoy smertnoy lyubvi)

Muro de Berlín 


 

Allí, en la East Side Gallery, el gesto que pretendía encarnar unidad se convierte en una radiografía brutal del poder… y en una trampa histórica de la que Honecker jamás podrá escapar.

En el contexto: el episodio original —Berlín Oriental, 1979— formaba parte del “beso fraternal socialista”, ese ritual oficial que intentaba exhibir lealtad ideológica y puño político. Pero Vrúbel, con una precisión casi quirúrgica, toma aquel gesto solemne y lo convierte en ironía visual. Lo que fue propaganda es ahora sátira. Lo que fue teatralidad diplomática se transforma en memoria crítica. Lo que buscaba unir, en el mural se deshace.

Y el título, sin desperdicio, dinamita pura: “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”. Una frase que parece arrancada de un melodrama y que, sin embargo, funciona como un disparo contra el discurso del socialismo tardío. Ese “amor” que debía sostener el sistema aparece retratado como una unión que ahoga, que presiona, que asfixia hasta el absurdo.

Pero hay algo más... algo aún más punzante.

La obra de Vrúbel es, al fin y al cabo, un homenaje-castigo. Y está dirigido directamente a Erich Honecker, el hombre que, en 1961, como secretario del Comité Central, fue el encargado de planificar y ejecutar el Muro de Berlín: el Muro de la Vergüenza. Un muro que no solo dividió familias y ciudades; costó alrededor de 200 vidas y dejó heridas a muchas más personas que intentaron escapar de un sistema que se proclamaba libertador.

La condena simbólica es casi poética: Honecker quedó inmortalizado en la misma pared que él ordenó construir. Su rostro, su gesto, su abrazo… atrapados para siempre en un muro que ya no separa, sino que denuncia un fragmento de la historia. Allí permanece, expuesto ante millones, convertido en recuerdo involuntario de aquello que quiso perpetuar.

En el contexto de la Perestroika y del derrumbe ideológico, el mural se volvió una pieza fulminante. Brézhnev y Honecker ya no son los guardianes de un proyecto histórico; son dos figuras atrapadas en un instante que revela la fragilidad del poder. El beso que debía reforzar un bloque se vuelve un epitafio político.

Hoy, quien camina ante esa pared no necesita explicaciones: el arte habla para quien le quiera escuchar. El arte recuerda. El arte ajusta cuentas.

Ese beso, exagerado y tenso, es el último acto de una tragedia política. El abrazo de un sistema en caída libre. Y el castigo final de un dirigente que decidió levantar un muro… y que terminó siendo pintado sobre sus ruinas.

 


Taylor, F. (2010). El Muro de Berlín. 1961–1989. Ariel.

Grieder, P. (2011). La República Democrática Alemana: Una breve introducción. Alianza Editorial.

Groys, B. (2016). La obra de arte total de Stalin. Caja Negra Editora.

Yurchak, A. (2015). Todo era para siempre, hasta que dejó de serlo: La última generación soviética. Ediciones Akal.

Vrúbel, D. (1990). ¡Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal! -Mural]- East Side Gallery, Fundación Muro de Berlín. 

 

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Reflexión: Repensar Europa desde el Norte. Lecciones de un bienestar que resiste.

Donde el Frío Construye Calor: Una reflexión sobre Europa y el bienestar

 
Tras las sacudidas del siglo XX —guerras mundiales, bloques enfrentados, muros que se levantan y se derrumban, países que se rompen y otros que renacen— Europa ha imaginado muchos futuros posibles, pero pocos tan coherentes, estables y socialmente consensuados como el que construyeron los países nórdicos. Mientras Europa centro-oriental luchaba por desprenderse del corsé soviético y reinventar sus estructuras económicas y sociales, las sociedades escandinavas consolidaban un modelo de bienestar que, aunque sometido a tensiones globales, ha demostrado una resistencia y una capacidad adaptativa envidiables. Y quizá sea desde ese contraste —desde esa doble mirada entre la transición abrupta del Este y la estabilidad flexible del Norte— donde podamos repensar qué tipo de Europa queremos. 
 
 
Imagen de Oslo, Ópera y NoruegaDuszkolandia

 
Los países nórdicos —Dinamarca, Suecia, Finlandia, Noruega e Islandia— comparten una historia de cohesión cultural y política que, lejos de ser un simple relato identitario, se tradujo en instituciones sólidas, en una idea de ciudadanía basada en la responsabilidad compartida y en una concepción de lo público como el espacio común que garantiza la igualdad real. De ahí nace su famoso estado de bienestar, un sistema que no funciona como un premio ni como una limosna, sino como un derecho universal: salud, educación, vivienda, desempleo, apoyo a las familias… todo ello blindado por un sistema fiscal progresivo que redistribuye riqueza sin complejos y que entendió, mucho antes que el resto del continente, que la cohesión social no es un coste, sino una inversión estratégica. 
 
Mientras tanto, Europa del Este vivía un camino opuesto. La caída del Muro de Berlín abrió paso a una transición acelerada hacia la democracia y el mercado, un proceso marcado por la urgencia, la precariedad institucional y el vértigo de quienes habían vivido décadas bajo economías planificadas. La política cambió rápido; la economía, con más dificultad; la sociedad, con un coste enorme que todavía hoy explica desigualdades profundas, resentimientos acumulados y la posterior emergencia de fuerzas nacionalistas y euroescépticas. El contraste entre ambos procesos revela algo importante: los modelos sociales no se improvisan; se construyen, se cuidan y se sostienen en el tiempo, y cuando no existe una cultura política que los respalde, el desgaste es inevitable. 
 
 
 

Imagen del interior del Parlamento noruego. EFE


 
El estado de bienestar nórdico, con sus reformas constantes, sus ajustes frente a la globalización y sus críticas internas sobre eficiencia o competitividad, demuestra sin embargo un principio fundador: es posible combinar innovación económica con igualdad social. Sí, han deslocalizado industrias; sí, han flexibilizado sectores; sí, han repensado prestaciones y modulado ayudas; pero lo han hecho sin desmantelar el corazón del sistema. Y ahí reside su fuerza: no renuncian a la idea de que la protección social es el puente que conecta la estabilidad de hoy con la prosperidad de mañana. 
 
Europa centro-oriental, en cambio, ha tenido que construir su puente mientras lo cruzaba. La integración en la Unión Europea fue un impulso decisivo —infraestructuras, inversión, modernización administrativa—, pero no pudo borrar de un plumazo las fracturas sociales heredadas ni las tensiones identitarias que emergieron con violencia en lugares como los Balcanes. En el corazón de estos conflictos encontramos una pregunta que sigue abierta: ¿qué modelo de bienestar queremos para una Europa diversa, desigual y sometida a presiones globales cada vez más intensas? 
 
Y aquí vuelven los nórdicos, no como modelo idealizado, sino como referencia útil. No se trata de copiar sus políticas —cada país tiene su historia, su cultura política y su demografía— sino de comprender qué principios sostienen su éxito: confianza institucional, consenso político, fiscalidad solidaria, educación fuerte, protección universal y una ética laboral que combina derechos y corresponsabilidad. Un equilibrio delicado, sí, pero profundamente revelador. 
 
Quizá el gran desafío europeo sea este: aprender del Norte sin olvidar nuestras propias trayectorias. Apostar por sistemas de bienestar que no se erosionen con cada crisis, que no fragmenten a las generaciones jóvenes, que no marginen a los más vulnerables, que no permitan que la desigualdad se instale como norma. En definitiva, pensar Europa no sólo desde sus instituciones o sus mercados, sino desde su gente. 
 
Báltico y Escandinavia. Mapas-del-mundo.net

 
 
Porque, al final, la historia del continente —de sus rupturas y sus reconciliaciones, de sus muros y sus puentes— nos recuerda que una sociedad es tan fuerte como el bienestar que garantiza a quienes la habitan. Y si algo enseñan los países nórdicos es que el bienestar no es un lujo: es la arquitectura invisible que sostiene a largo plazo la prosperidad, la democracia y la cohesión. 
 
Mirar al norte, por tanto, no es una idealización; es una brújula. Y quizá, hoy más que nunca, Europa necesita una. 
 
 
Países nórdicos. Educaplay

 
 
Antón, A., & Muñoz de Bustillo, R. (Eds.). (2017). El estado de bienestar en el siglo XXI. Catarata.
 
Peltonen, M. (2010). El modelo nórdico: Una mirada desde el sur. Los Libros de la Catarata. (Imprescindible)
 
Kettunen, P., & Petersen, K. (Eds.). (2015). Modelos nórdicos comparados: Bienestar, trabajo y ciudadanía. Siglo XXI.
 
 
Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Akal.