El antisemitismo como estructura histórica y social
Esta reflexión no nace de un libro ni de una clase, sino de conversaciones inesperadas en el gimnasio. Entre máquinas, rutinas y esfuerzos compartidos, surgió una pregunta que, en apariencia, parecía simple, pero que arrastra siglos de historia: ¿por qué el pueblo judío ha sido tan rechazado a lo largo del tiempo?
Resulta curioso cómo, en espacios tan cotidianos, pueden aparecer cuestiones tan profundas. Quizá porque, en el fondo, las grandes preguntas no pertenecen solo a la academia, sino a la experiencia e inquietud común.
Hablar del pueblo judío es hablar de una historia profundamente marcada por la memoria, pero también por una constante incomodidad: la persistencia del antisemitismo, una forma de rechazo que ha atravesado épocas y contextos muy distintos.
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| Imagen de Ri Butov en Pixabay |
Desde sus orígenes en el antiguo Oriente Próximo, el pueblo judío ha vivido muchas veces en diáspora, es decir, fuera de un territorio propio, en una identidad en constante movimiento. Esa condición ha hecho que, en numerosos contextos, fueran percibidos como “diferentes”.
No es un detalle menor. A lo largo de la historia, las sociedades han tendido a desconfiar de quienes no encajan del todo en sus normas, creencias o costumbres. Y esa diferencia —religiosa, cultural o incluso simplemente percibida— ha sido una de las bases del rechazo.
Sefarad: convivencia y ruptura
En la península ibérica, durante siglos, judíos, cristianos y musulmanes compartieron espacios de vida y de conocimiento. Aunque esta convivencia nunca fue del todo estable, los judíos todavía eran percibidos como el “pueblo deicida”, si bien su presencia se mantenía en un marco de relativa tolerancia y bajo la expectativa de su eventual conversión al cristianismo, de un arrepentimiento o, simplemente, como aquellos condenados espiritualmente sin más. Ésta era la principal visión hacia ellos por parte de la sociedad mayoritaria.
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| Imagen de Carlos Ramón Bonilla Miranda en Pixabay |
El punto de ruptura se produjo en 1492, aunque no fue de forma repentina. Ya en 1391, los pogromos —violentos ataques contra las comunidades judías— marcaron un antes y un después: muchos judíos murieron, otros huyeron y muchos se convirtieron al cristianismo. A partir de ese momento, la convivencia se transformó profundamente, dando lugar a una segregación progresiva de la comunidad judía. La figura del converso generó nuevas tensiones y sospechas que, con el tiempo, alimentaron un clima creciente de desconfianza. En este contexto, el Edicto de Granada de 1492 no puede entenderse como un hecho aislado, sino como el desenlace de un largo proceso de presión social, prejuicio religioso y búsqueda de uniformidad.
Aquí se observa uno de los mecanismos centrales del antisemitismo: la construcción de una identidad colectiva basada en la exclusión del otro. En este contexto, el judío pasa a ser aquello que no encaja dentro de los parámetros sociales dominantes.
Este clima de desconfianza fue fundamental en la creación de la Inquisición española en 1478, que inició su actividad en Sevilla. Su objetivo principal fue la vigilancia y el control de los conversos. Al frente de esta institución se situó Tomás de Torquemada, figura controvertida, pero, principalmente, clave en su desarrollo histórico.
El rechazo como patrón histórico
A lo largo del tiempo, el antisemitismo ha cambiado de forma, pero no ha desaparecido. En la Edad Media se sustentó principalmente en argumentos religiosos; más adelante, en la Edad Moderna y Contemporánea, fue adoptando también formas económicas, políticas e incluso pseudocientíficas.
En momentos de crisis, las comunidades judías fueron con frecuencia convertidas en chivos expiatorios. Epidemias, dificultades económicas o conflictos sociales encontraron en ellas un blanco fácil, no por hechos reales, sino por una combinación de factores históricos, sociales y simbólicos que se fueron acumulando a lo largo de los siglos. Su condición de minoría visible, dispersa y sin un territorio propio las hacía especialmente vulnerables en contextos de tensión social.
En primer lugar, esta dispersión por distintos territorios europeos implicaba ser una presencia minoritaria en cada uno de ellos, lo que facilitaba su identificación como “extraños” dentro de la sociedad mayoritaria. Al no contar con un Estado propio ni con estructuras políticas de protección estables dentro de los reinos donde vivían, su posición dependía en gran medida de la tolerancia —o la hostilidad— de las autoridades locales.
En segundo lugar, su identidad religiosa diferenciada dentro de sociedades mayoritariamente cristianas, en un tiempo donde la religión pesaba más que la "raza", los situó durante siglos en una posición de alteridad constante. Aunque existieron periodos de convivencia e intercambio cultural, también se consolidaron estereotipos teológicos muy arraigados, como la acusación de ser el “pueblo deicida”, que contribuyeron a justificar su exclusión o persecución.
A esto se sumó un factor económico relevante. En la Europa medieval y moderna, la prohibición eclesiástica para los cristianos de cobrar intereses en los préstamos hizo que el crédito adoptara formas diversas y que, en algunos contextos concretos, parte de estas actividades recayeran también en comunidades judías, aunque no de manera exclusiva ni uniforme. De hecho, la mayoría de la población judía desempeñaba oficios muy variados, como el comercio, la artesanía o la medicina, entre otros.
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| Imagen de Frantisek Krejci en Pixabay |
Sin embargo, con el tiempo, esta realidad parcial acabó simplificándose y dando lugar a un estereotipo: la asociación de los judíos con las actividades financieras. Esta imagen no reflejaba la diversidad real de sus ocupaciones, pero se fue consolidando socialmente y fue utilizada en determinados contextos para alimentar prejuicios.
En momentos de crisis económica o social, este estereotipo contribuyó a reforzar resentimientos existentes, que a menudo se reinterpretaron en clave religiosa o moral, profundizando así las dinámicas de exclusión.
Con el paso a la Edad Contemporánea, estos prejuicios se transformaron y se “modernizaron” en forma de teorías conspirativas que atribuían a los judíos un poder oculto o una influencia desproporcionada en la política y la economía. Estas ideas, completamente infundadas, tuvieron consecuencias muy graves y alcanzaron su máxima expresión en el siglo XX con el Holocausto.
En conjunto, el antisemitismo no responde a una única causa, sino a la persistencia histórica de estereotipos que se adaptan a cada época. Cambian sus argumentos, pero se mantiene el mismo mecanismo: convertir a una minoría en explicación simplificada de problemas complejos.
El presente: entre historia y conflicto
Tras la Segunda Guerra Mundial, la creación del Estado de Israel fue, para muchos judíos, una respuesta a siglos de persecución. La posibilidad de un lugar propio, seguro, no era solo un proyecto político, sino también una necesidad histórica profundamente arraigada.
Sin embargo, ese mismo proceso abrió un conflicto complejo que sigue activo hoy.
La situación en la Franja de Gaza y las tensiones con Irán han intensificado el debate global, generando posiciones muy polarizadas.
En este contexto, el papel de los liderazgos políticos —como el de Benjamin Netanyahu— también influye en cómo se perciben estos conflictos. Sus decisiones y discursos pueden reforzar críticas muy duras hacia el Estado de Israel.
Pero aquí aparece un matiz importante, y necesario: no todo cuestionamiento a Israel es antisemitismo, pero tampoco toda crítica está libre de prejuicios.
El riesgo surge cuando esa crítica política deja de dirigirse a decisiones concretas y se transforma, casi sin darse cuenta, en una desconfianza hacia todo un pueblo. Es en ese punto donde viejos patrones reaparecen bajo formas nuevas.
A lo largo de la historia, una de las constantes del antisemitismo ha sido precisamente esa: convertir a los judíos en un bloque uniforme, atribuyéndoles responsabilidades colectivas. Por eso, mantener la distinción entre política e identidad no es un detalle menor, sino una cuestión fundamental.
Una pregunta que sigue abierta
La conversación en el gimnasio no da respuesta a la pregunta inicial. Y quizá, tampoco, se pueda dar una única respuesta fuera de él.
Pero sí dejó algo claro: el antisemitismo no se explica por una sola causa ni pertenece únicamente al pasado. Es un fenómeno complejo, que habla tanto de la historia del pueblo judío como de los mecanismos de las sociedades en las que ha vivido.
Porque, en el fondo, la cuestión no es solo por qué se ha rechazado a los judíos, sino por qué las sociedades, una y otra vez, necesitan convertir a alguien en “el otro”.
Y reconocer eso —aunque resulte incómodo— es un primer paso. No para cerrar el debate, sino para hacerlo más honesto y sincero.
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| Imagen de Markus Spiske en Pixabay |
Dedicado a George
Bárcena, F. (2010). La memoria y el otro: reflexiones sobre historia, identidad y alteridad. Madrid: Trotta.
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Hasta siempre, Sefarad. La expulsión de los judíos



